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cuore-di-gesuEl corazón es el punto donde el hombre se encuentra con Dios, y tiene en el corazón de Jesús su máxima expresión. Si la cultivo, la fe me asegura que Cristo habita en mi corazón. Me maravilla saber que mi corazón tiene ojos para ver al que no se puede ver, al Invisible...

 


 

Jesús es un hombre. Sus padres son José y María (Lc 2, 32.41). Fenómeno singularísimo, pues además de ser hombre, es Dios. De alguna manera hay que decir lo inefable, lo que no se puede decir: Dos naturalezas en una sola persona.

Todo tiene corazón, la piedra, el árbol, el pájaro. No hay nada que no tenga corazón. Los indígenas lo sabían, como lo podemos constatar en los parques arqueológicos de S. Agustín, Huila, y El Infiernito, Boyacá.

El corazón es la interioridad, el alma de cada cosa. La fiesta del Corazón de Jesús es la fiesta de la interioridad de Dios y del hombre. Es maravilloso ver a alguien sintiendo, pensando, hablando, trabajando con corazón.

Dios le dio al hombre un corazón para pensar, dice el Eclesiástico (17, 6), y Baltasar Gracián: “¿Qué importa que el entendimiento se adelante si el corazón se queda?” De corazón quedado es la crisis económica mundial.

¡Me llegó al corazón!, me digo cuando algo me impresiona vivamente. Mi corazón es todo mi ser, de la cabeza a los pies. Por eso, es digno de toda admiración el que pone corazón en lo que hace.

El corazón es el punto donde el hombre se encuentra con Dios, y tiene en el corazón de Jesús su máxima expresión. Si la cultivo, la fe me asegura que Cristo habita en mi corazón. Me maravilla saber que mi corazón tiene ojos para ver al que no se puede ver, al Invisible, a Dios. “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.” Saco tiempo para descubrir esa maravilla que son los ojos del corazón.

Orante admirable es quien se pasa el tiempo repitiendo “Oh Dios, crea en mí un corazón puro” (Salmo 50,12), y así alimenta la obra del corazón, el sentimiento de relación de inmediatez de amor con el Amado.

El corazón es lo más entrañable del Creador y la criatura. Por eso, cuando pongo corazón en lo que hago, participo de la condición divina. Mi corazón determina la calidad de mi oración.

Si la mirada de los ojos de mi corazón se cruza de repente con la mirada de los ojos del corazón de Jesús, me moriría de felicidad.

La fiesta del Corazón de Jesús es la fiesta de todo corazón, incluido el de la piedra. Cuanto más corazón pongo en lo que soy y hago, más participo de la condición divina.

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 12 de junio de 2015

 

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