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celularYo no valgo por el celular que tengo, mi celular tiene el valor que yo le doy. Puedo poner en él alma, vida y corazón, o crear la dependencia de no poder vivir sin él, anteponiendo la conversación inútil al silencio creativo. El celular quita a la fantasía su capacidad creadora...

 


 

El celular. Invento maravilloso, del cual todo el mundo quiere disfrutar. Si bien, no falta el que envidia a quien no lo tiene, porque así se ahorra esta espantosa esclavitud.

Lo llevo conmigo adondequiera que voy. Gracias al celular, medio sofisticado de comunicación, me comunico al instante por motivos afectivos, sociales, económicos, artísticos y empresariales, hasta hacerme creer dueño del mundo.

El celular me lleva, a lo mejor sin darme cuenta, a no vivir donde vivo, y a vivir donde no vivo, fuera, lejos de mí mismo. El hombre del siglo veinte era un neurasténico con transistor, y el del siglo veintiuno, un neurasténico con celular. Aun sin saber muy bien de qué se trata, neurasténico es una palabra fea.

Convierto el celular en el amo que gobierna como una pesadilla mi existencia. Lo llevo en mí conmigo como mi más íntimo yo. Ni siquiera él me esclaviza, me esclavizo yo de él.

El celular me lleva, puede que inconscientemente, a desfigurar la realidad, a verla como no es. Más de un conductor se ha estrellado porque el celular desvió su atención.

El hombre del siglo veintiuno necesita alejarse de la chabacanería y la charlatanería que abundan en el celular, como escuchamos en los saludos y despedidas frívolas, interminables, carentes de sentido.

Mi celular me mantiene en la sobrehaz de las cosas, lejos de mi interioridad, con la sola inquietud de recoger, acaparar y retener hasta cosificarme, volviéndome cosa entre las cosas con las que me preocupo en jornadas interminables de disipación.

Yo no valgo por el celular que tengo, mi celular tiene el valor que yo le doy. Puedo poner en él alma, vida y corazón, o crear la dependencia de no poder vivir sin él, anteponiendo la conversación inútil al silencio creativo.

El celular quita a la fantasía su capacidad creadora dejando inutilizada la memoria, hecha para almacenar la vida entera en trance de nueva creación. Diferencia astronómica la de guardar los tesoros de la vida en un aparato o en el corazón, hecho para atesorar las confidencias del Ser divino.

No sé si alguien ha tenido el atrevimiento de comunicarse con Dios por celular y con qué éxito, pues el lenguaje divino, de eterno silencio, acontece de corazón a corazón. Mundo sublime por descubrir, ¿en compañía del celular?

Que cada uno se proponga hacer del celular el instrumento para enriquecer a los demás con la riqueza que Dios pone en su corazón.

 
AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 14 de febrero de 2014

 

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