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navidad-maria-joseLa promesa hecha desde la creación del mundo se va a cumplir una vez más: el nacimiento de Cristo llena de alegría nuestros corazones, al convertirse en Emmanuel (Dios con nosotros). “No temáis, porque os traigo una buena noticia -dijo el ángel a los pastores- una gran...

 


 

Es frecuente oír a algunos cristianos decir que la Navidad les produce nostalgia y tristeza, porque echan de menos a los seres queridos que ya pasaron a mejor vida. No han entendido nada. La Navidad no es reunirse la familia una vez al año para cenar juntos, si en nuestro corazón no está latente el pensamiento del regalo más grande que Dios ha hecho a los hombres: enviarles a su Hijo para que se haga uno de ellos y enseñarles el camino para llegar al Padre.

La Navidad sólo puede producir alegría. San León Magno comenzaba así una de sus Homilías de Navidad:

“Hoy ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos. No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la vida para acabar con el temor de la muerte y llenarnos de gozo con la eternidad prometida... Exulte el santo porque se acerca el premio; alégrese el pecador porque se le invita al perdón; anímese el gentil, porque se le llama a la vida”. “Así, pues, el Verbo, el Hijo de Dios, se hace hombre para libertar a los hombres de la muerte eterna. Para tomar la bajeza de nuestra condición sin que fuese disminuida su majestad, se ha abajado de tal forma, que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, unió la condición de siervo (Flp 2,7) a la que Él tenía igual do lo que era y asumiendo lo que no era, unió la condición al Padre, realizando entre las dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo superior fue disminuido por esta asunción...”. “De no haber sido Dios no nos habría proporcionado remedio; de no haber sido hombre, no nos habría dado ejemplo... ¿Qué alegría no causará en el humilde mundo de los hombres esta obra inefable de la bondad divina, si provoca tanto gozo en la esfera sublime de los ángeles?” “Exultemos en el Señor y alegrémonos con un gozo espiritual, pues se ha levantado para nosotros el día de una nueva redención, día de una felicidad eterna”.

San Pablo en su Epístola a los Filipenses (4,4) insiste en la misma idea: “Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: Alegraos”:

La promesa hecha desde la creación del mundo se va a cumplir una vez más: el nacimiento de Cristo llena de alegría nuestros corazones, al convertirse en Emmanuel (Dios con nosotros). “No temáis, porque os traigo una buena noticia -dijo el ángel a los pastores- una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David [Belén], os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11).

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios... y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,1-14). La carne de Jesús, su existencia humana, es la tienda del Verbo. “A cuantos le recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre” (Jn 1,12).

Cuando el ángel Gabriel saludó a María, se dirige a Ella con estas palabras: “¡Alégrate, llena de gracia!”, como más tarde diría a los pastores: ¡Os anuncio una gran alegría!”. Cuando subió a los cielos, Jesús usó la misma expresión para despedirse de sus discípulos: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). El profeta Sofonías también dirá: “¡Alégrate, hija de Sión! ¡Grita de gozo, Israel!... el Señor, tu Dios, está en medio de ti” (Sof 3,14). Siempre que Dios se acerca a los hombres, hay motivo de alegría.

La salvación que trae el Niño prometido se manifiesta en la instauración definitiva del reino de David: “Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre” (2 Sam 7,16). María, al saber que iba a ser madre de Dios de un modo especial, sin romper su virginidad, respondió: “Hágase en mí según tu palabra”. San Bernardo nos narra este momento de una manera encantadora:

“Tras la caída de nuestros primeros padres, todo el mundo queda oscurecido bajo el dominio de la muerte. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un “sí” libre de su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho, en cierto modo, dependiente del hombre. Su poder está vinculado al “sí” no forzado de una persona humana”. “La creación entera está pendiente de los labios de María, cuando al fin salió de su corazón la respuesta: “Hágase en mí según tu palabra”. Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana”.

...Y llegado el momento, que Lucas sitúa en la historia con todo lujo de de talles, cuando todo estaba en profundo silencio... “le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada” (Le 2,65). “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14) ... “Vino a su casa y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). No hay sitio para el Salvador del mundo. El Todopoderoso no tiene cabida en este mundo corrompido. Sus seguidores, los cristianos, también tienen que salir de los criterios de este mundo, si quieren llegar a Dios. No olvidemos que ahora somos “hijos de la luz, y el fruto de la luz es todo bondad, justicia y verdad” (Ef 5,8). El pan bajado del cielo, como nos dice san Agustín, yace en un pesebre. En la pobreza del Nacimiento de Cristo se perfila la redención de los hombres. Los primeros en tener noticia del Nacimiento de Cristo son los humildes pastores, por medio del anuncio del Ángel. El gran Pastor de los hombres ha nacido entre pastores (Cfr. Benedicto XVI, La Infancia de Jesús). Los pastores se apresuran a ver al Niño recién nacido, y en cambio, como dice J. Ratzinger, ¿qué cristianos se apresuran hoy cuando se trata de las cosas de Dios?

Ha pasado ya mucho tiempo de este acontecimiento, y aún el cielo y la tierra no se han unido, aunque lo temporal y lo eterno se dieran la mano, lo pequeño pasaba a ser enorme, y la increíble inmensidad quedaba encerrada en la pequeñez de un niño. La tierra estaba en tinieblas y Él vino como luz para iluminarnos, pero las tinieblas siguen rechazando la Luz. Pero el recién nacido que tantas alegrías nos ha traído, sigue presente abriendo sus bracitos, calladito, esperando que el mundo capte su mensaje, sin protestar, sin condenar: “El Hijo del hombre no ha venido a este mundo para juzgarlo, sino para salvarlo” (Cfr. Jn 3,17). Este pequeñín es el Emmanuel, Dios con nosotros. Aquí está la clave del mensaje, que Él se hace hombre para que los hombres se hagan Dios. Como decía Ortega y Gasset: “Si Dios se ha hecho hombre, ¡Qué gran-de es ser hombre!” El mundo occidental ha dejado de lado al Emmanuel para acudir a otros dioses. Es realmente sorprendente el paso de muchos católicos a otras religiones que se han puesto de moda, en alguna de las cuales la ausencia de Dios es total, o, a lo sumo, un Dios lejano e inaccesible. Ni siquiera nuestros hermanos mayores en la fe -como los llamó Juan Pablo II en su visita a la sinagoga de Roma en 1986- han sido capaces de aceptar un Dios tan humano como el Niño que contemplamos en la cuna. Dios, a quien nadie ha visto nunca ni lo puede ver (Cfr. Jn 1,18), se hace “visible” en el Hijo hecho hombre y nacido de María. Así respondió Él mismo a la petición de los Apóstoles “Muéstranos al Padre”; “¿No creéis que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Yo y el Padre somos una misma cosa” (Cfr. Jn 14,8-1 1). Aunque todavía no podamos conocer a Dios “cara a cara”, como nos dice san Pablo, sin embargo tenemos que reconocer que en la Navidad se acerca al hombre hasta donde somos capaces de entender. Y fue tan lejos en su acercamiento al hombre que llegó a ser “escándalo para los judíos y necedad para los paganos” (Cfr. 1 Cor 1,28).

La Navidad es un misterio de amor, que el hombre de hoy no acaba de entender. Dios nos ama tanto, que nos envía al Hijo para que nosotros podamos llegar a El. En el Niño de Belén, tan humano, tan desvalido, la humanidad se acerca al mayestático y lejano Dios de los judíos y los islámicos. ¡Qué suerte tenemos los cristianos! Hemos escondido a un hombre en Dios, y para siempre seremos uno con Él. Cristo está en el centro de nuestra fe y de nuestra vida. Lamentablemente sigue siendo un hecho actual que “muchos de los suyos no le reciben”. Para estos seguirá siendo triste la Navidad. Pero la Navidad es otra cosa:

“Es dejar en cualquier rincón perdido de la trastienda del alma todo el lastre, la angustia del mundo, y desnudar el corazón de capas de vejez amarga. Es ser tan leve como Dios inmerso en la asombrosa pequeñez del tiempo y de la carne. Es conocer, una vez más, que no hay amor, risa ni llanto, muerte o soledad, que no estén arropados por la desnudez de Dios que los acoge enteros... Navidad es quedarse indefenso y pequeño para sentir y saber algo de la alta ciencia de Dios que pide y siembra amores” (Equipo Vocacional Mater Ecclesiae, Madrid).

Como decíamos al principio, después de tanto tiempo desde la primera Navidad, el mundo sigue en tinieblas, fomentando una sociedad pagana. Pero Dios no se cansa: sigue presentándose en el pesebre y no dice nada; sólo sonríe y abre los brazos. Parece que el Verbo se ha quedado mudo. No se cansa nunca y no se asusta ante la suciedad y la miseria. Su poder es más grande que todo el mal del que el hombre debería tener miedo. Aquí podríamos aplicarnos las palabras de san Pablo: “Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad, pues, como hijos de la luz” (Ef 5,8). “¡Oh, admirable intercambio! El Creador del género humano nos entrega su divinidad al tomar un cuerpo humano”. La vida divina que se encierra en el alma es la luz que surge en las tinieblas: el milagro de la Navidad.

Una vez más recordemos en la Navidad a la mujer que hizo posible esta maravilla, María, convertida en auténtica Madre de Dios al dar su consentimiento al ángel. Es nuestra natural mediadora para acercarnos al Hijo. María es la nueva Eva que Dios pone ante el nuevo Adán, Cristo, y, comenzando por la Anunciación, pasando por su alumbramiento en Belén, la Cruz en el Gólgota, y terminando en el cenáculo el día de Pentecostés, la Madre del Mesías se convierte en Madre de toda la Iglesia. Cristo vencerá por medio de María.


AUTOR: Augusto Flores
TOMADO DE: http://www.ocarm.org

 

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