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InmaculadaEsta hermosura quedó concentrada divinamente en la criatura que destinó desde toda la eternidad a ser la madre de su Hijo. No caben aquí los conceptos de las cosas. Necesito entrar en mi intimidad a preguntarle a Él mismo, que es mi verdadera intimidad, qué significa lo...

 


 

“En mi frente no cabe flor más bella / que la que estoy pensando en este instante”. El poeta se ensimisma componiendo sus versos. A mí me pasa lo mismo escribiendo y al lector leyendo. Eso es la Inmaculada.

Inmaculada es una palabra compuesta. “In” significa negación y “maculada” que tiene mancha, lo que, por ensuciarla, echa a perder una cosa. Inmaculada es lo contrario a todo lo que ensucia o mancha dañando. Es sublime hablar de ella, de la Inmaculada.

María es la Inmaculada, la mujer de mirada limpia, que vuelve transparente lo que mira. Su transparencia virginal le viene de su Creador, no de lo que ella hace. Es la consentida del Padre en honor a su Hijo por amor a nosotros.

Cuando responde: “hágase en mí según tu palabra”, indica que está como el barro en manos del alfarero. El despliegue de la omnipotencia divina hace de María la obra perfecta. La consiente con toda su ternura y suavidad divina, milagro supremo del amor.

Un día el poeta, embriagado de la destreza divina, escribe en éxtasis: “Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura”.

Esta hermosura quedó concentrada divinamente en la criatura que destinó desde toda la eternidad a ser la madre de su Hijo. No caben aquí los conceptos de las cosas. Necesito entrar en mi intimidad a preguntarle a Él mismo, que es mi verdadera intimidad, qué significa lo que se propuso hacer al llamar a la existencia a la Inmaculada.

Las palabras y gestos de su Hijo dan la pista. Ante la entusiasta exclamación femenina: “dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron”, él responde: “Dichoso, más bien, el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica”.

La palabra de Dios que María guarda es el mismo Dios, la que nosotros debemos guardar. “Nos hace santos e inmaculados ante Él por el amor” (Efesios 1,4).

“Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Éxodo 33,11). Lo mismo la Inmaculada. Celebrar su fiesta es participar de su mirada limpia. Deja el mundo eternamente luminoso.

La Inmaculada escucha y guarda con solicitud extrema la palabra divina. Es esa la hermosura con que la dejó vestida para siempre.

Fiesta de la Inmaculada, embriagador anticipo de la eternidad: Dios en mí, yo en Él.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD

TOMADO DE: El Colombiano, 05 de diciembre de 2014.

 

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