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dadiva-del-panAquella gente tiene apetito de divinidad. Es lo que Jesús les inspira con sus gestos, palabras, miradas. Hay algo enloquecedor en él, algo que transporta a cada uno a un lugar sobrehumano que lleva clavado en el corazón, manifestado como hambre, necesidad imperiosa ...

 


 


La fantasía se rompe leyendo el evangelio, sobre todo, si el evangelio, más que un libro, es una persona, Jesús, la buena nueva de Dios para el hombre.

Esa buena nueva, ese evangelio, es un imán arrasador. Jesús se retira en una barca a un lugar solitario. En cuanto lo saben, las gentes "lo siguen a pie de las ciudades".

Jesús, que pasa las noches en la montaña en silencio cultivando su relación de inmediatez de amor con su Padre, tiene una sensibilidad sutilísima para captar lo que acontece en el corazón de la gente.

Aquella gente tiene apetito de divinidad. Es lo que Jesús les inspira con sus gestos, palabras, miradas. Hay algo enloquecedor en él, algo que transporta a cada uno a un lugar sobrehumano que lleva clavado en el corazón, manifestado como hambre, necesidad imperiosa de comer.

Hay un hambre del cuerpo y un hambre del alma. La una es forma de presencia de la otra. Jesús era maestro consumado del símbolo. Sabía con certeza absoluta cómo una cosa manifiesta la otra. Y "siente compasión de ellos y cura sus enfermos".

Compasión, del latín, significa vibrar con la pasión del otro. La compasión se dignifica al saber que su equivalente griego es simpatía, sintonía con el otro. Lo que Jesús siente es divino, la simpatía de Dios con el hombre.

Jesús sabe que el hambre del cuerpo produce un desasosiego que llega hasta el infinito cuando se vuelve del alma. Saciar el hambre del cuerpo es el símbolo de la saciedad del hambre del alma.

El hombre nació para vivir asediado por el apetito de divinidad. S. Juan de la Cruz canta: "¿Por qué así le dejaste, es a saber: vacío, hambriento, solo, llagado y doliente de amor, suspenso en el aire, y no tomas el robo que robaste ?" El corazón no se contenta con menos que infinito.

Jesús toma cinco panes y dos peces, "y levantando los ojos al cielo, pronuncia la bendición y, partiéndolos los da a los discípulos y estos a la gente" (Mt 14,18-19). Son más de cinco mil personas. Y sobran doce cestos.

La infinita generosidad divina deja atónito al lector. "A quien es calculador le parece absurdo que Dios sea generoso con el hombre. Solo quien ama es capaz de entender lo absurdo del amor. La ley del amor es la entrega, que solo cuando es excesivo es suficiente" (Ratzinger).

Dios creó al hombre con el exceso del amor en el corazón.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 1 de agosto de 2014

 

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