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silenzio El hombre no es un ser sencillo, sino compuesto de varios elementos que, simplificando, pueden ser resumidos en: cuerpo, mente, espíritu. De la integración o no de estos elementos, en sí mismos o entre ellos, tendremos la plenitud ...

 


 

«El silencio es una ciencia que se aprende, una sabiduría que se adquiere, una experiencia que se vive, pero antes de nada es un AMOR que se entrega».

El ser humano está llamado a la paz, a la alegría profunda, al amor, a una constante celebración de la vida. Ya san Ireneo sintetizó bien esta realidad: «La gloria de Dios es el "hombre vivo"», el hombre que vive la plenitud para la cual vino Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). En cambio, desgracia-damente, pocas personas realizan completamente su vida. Basta una mirada, incluso superficial, a nuestro alrededor, o dentro de nosotros, para percatarnos de la infelicidad en la cual viven los hombres y vivimos nosotros mismos.

El hombre no es un ser sencillo, sino compuesto de varios elementos que, simplificando, pueden ser resumidos en: cuerpo, mente, espíritu. De la integración o no de estos elementos, en sí mismos o entre ellos, tendremos la plenitud y la alegría de la vida o la insatisfacción y la sensación de disgusto y de frustración... Es muy complejo el camino para llegar a esta integración. De todos modos, la experiencia nos dice con certeza que las únicas personas realmente felices son aquellas que han aprendido a amar, que tienen su «casa» habitada por el AMOR, que viven una relación de amor. Por eso solo esta RELACIÓN DE AMOR da sentido a la vida humana, porque solo quien es capaz de desarrollar esta relación y vivirla logra la madurez humana. Vivir es amar.

Para amar es necesario conocer y aceptar la propia condición humana, unida a la soledad que le es connatural, no obstante la cultura actual trate de negarlo. El interior del hombre permanece inalterado frente a cualquier influencia externa. Es inasible, incomunicable. Los filósofos, los literatos, los científicos de hoy llegan a demostrar esto: aunque es incapaz de vivir solitario, el hombre, cuando trata de comunicar, encuentra los mismos problemas que cuando vive en soledad. Ha de afrontar el camino de la soledad que lo conduzca a sí mismo, al otro, a Dios.

«Estar solo» quiere decir aceptarse a sí mismo y al otro en la propia alteridad; aceptarse es también admitir lo diferente. Soledad, en este sentido, no se confunde con aislamiento, que es incapacidad de abrirse al otro, de «comunicarse», de escuchar al otro en su irrepetible individualidad.

Sólo quien ha llegado a la verdadera soledad es capaz de una verdadera relación de amor; pues el amor exige diálogo, que comprende, entre sus exigencias, la participación en la vida y la comunicación; se puede decir, de hecho, que amar es compartir, y compartir es comunicar. El diálogo –el hablar transparente, purificado, verdadero– es darse a sí mismo o recibir al otro en la propia vida: «nadie es una isla»: vivir es con-vivir.

El silencio y la soledad, formas existenciales de interiorización, tienen una función decisiva en el crecimiento de la persona, en el ámbito Inter-relacional. Por lo que para llegar a una perfecta comunicación, a una compartición de la vida, a una auténtica relación de amor, para llegar a este diálogo, que es entrega recíproca y por tanto a la madurez de amor, en la plena apertura del ser humano, para llegar a todo esto, necesitamos aprender varias cosas. Entre estas, el SILENCIO y la SOLEDAD ocupan un lugar eminente en la vida humana, desgraciadamente manipulada por la propaganda, por el consumismo, por las conquistas de la «modernidad», por las falsas promesas de felicidad.

El silencio, pues, es un factor decisivo para el crecimiento del hombre, sea cual sea su situación, condición y vocación. Solo a través de él el hombre aprende a escrutar su propia interioridad, a comprender su propio misterio, a auto-definirse, a auto-conocerse, a hallar la verdadera verdad, a perfeccionarse, así como a conocer al otro y relacionarse verdaderamente.

Sin el silencio, nuestro diálogo es superficial, sin posibilidades de comprender el misterio del otro y de concentrarse en la escucha. El silencio pone en acto nuestra capacidad de solidaridad. Buscarlo no consiste en cerrarse en una cabina hermética para liberarse de los demás. Eso no es ser silencioso, sino antisocial. El silencio y la soledad no tienen sentido en sí mismos. Están vinculados al crecimiento del hombre, justamente porque le son indispensables: hacer silencio es crear en sí las condiciones para «ser más». La experiencia de la soledad es garantía del amor y la prueba por la cual ha de pasar, en los diversos grados, el esposo, el amigo, el místico, el religioso, el sacerdote, si quieren ser auténticos.

El silencio favorece la madurez humana, sin la cual la persona permanecería en el vacío estéril, en la confusión, en la superficialidad. No llegaría nunca a una perfecta realización ni a una verdadera relación de amor. No obstante sea considerado imposible por el mundo moderno, que impulsa al «sonido», al ruido, el silencio es indispensable al hombre que desea llegar a la plenitud de su humanidad. Parece contradictorio o paradójico, pero es verdad. Sin el silencio –lo demuestra la realidad–, el hombre se deshumaniza cada vez más. Las personas amigas del silencio llegan a la pacificación interior que les permite hablar y trabajar más eficazmente; el silencio es, de hecho, el clima de la creatividad. Solamente el silencio da a las palabras –instrumento del diálogo y de la comunicación– su dimensión más profunda, su verdadero significado. Sin él, todo sería cacofonía, jaleo: «El mundo y la vida están profundamente enfermos. Si fuera médico y tuviera que darle una receta, le diría: Cread el SILENCIO».

 
AUTOR: Camelia Augusta de Castro Cotta, C.D.P.

TOMADO DE: http://www.ocarm.org

 

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