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niño-consentido El que ama, da, se da. Por amar, es exigente, libre y responsable en lo que siente, piensa, dice y hace con la seguridad de que todo es posible, mas no todo está permitido. Los apegos dañan lo que el amor construye. El amor es el secreto de la felicidad...

 


 

Consentir es permitir algo o condescender en algo, acomodándose por debilidad al gusto del otro. Por apegos, al niño no se le exige, se le consiente. Basta que exprese su querer para darle gusto en todo. Se instala en el reino de los caprichos y las pataletas.

La familia actual tiene un hijo o dos, a lo sumo tres. La consigna de los papás es más o menos ésta: ‘que a mi hijo no le falte nada de lo que me faltó a mí”. Por educarlo sin espíritu de lucha, desconoce el sentido del mérito quedándose sin personalidad.

Los caprichos del niño consentido son normas de vida. Vive de antojos y es un tirano con quien se desvive por él. Incapaz de reconocer su egoísmo y su pereza, se cree con derecho a todo. Ante la ausencia de quien lo consiente, sucumbe en la adversidad.

La cultura ambiental confunde los apegos con el amor. S. Juan de la Cruz afirma: “Cuanto más tenerlo quise, con tanto menos me hallé. Cuando ya no lo quería, téngolo todo sin querer”. El amor y los apegos caminan en dirección contraria. Cuanto más apegos, menos amor; cuanto más amor, menos apegos.

Por falta de realismo, el niño consentido sigue viviendo en el mundo de quien lo consintió, y quiere seguir comprando con un dinero que no existe ya. Las personas y las cosas están cada vez más lejos de él.

El duelo carece de sentido para quien vive con amor. Por apegos, lloro, no al que murió, sino el desamparo en que quedé. Quien ama, ve la muerte como vida en plenitud, motivo de alegría, admiración y gratitud.    

Los cementerios deberían estar llenos de lápidas como ésta: “Gracias, papá, porque nos lo enseñaste todo, porque nos lo diste todo. Te faltó una cosa: enseñarnos a vivir sin ti”. Sólo el amor, con su exigencia de superación, enseña a vivir.

La pareja se casa, tiene hijos y los educa con amor. Así un día se llevan la satisfacción de haberles enseñado a luchar, dejándoles la convicción de que se puede vivir muy bien con muy poco, milagro del amor.

El que ama, da, se da. Por amar, es exigente, libre y responsable en lo que siente, piensa, dice y hace con la seguridad de que todo es posible, mas no todo está permitido. Los apegos dañan lo que el amor construye. El amor es el secreto de la felicidad.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD

 

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