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unir En la visión unitaria o monista, propia de la mentalidad bíblica, la muerte es realidad dinámica que va  desde el nacimiento  hasta el último instante de la vida.  S. Juan de la Cruz canta en un verso intrigante: “Matando, muerte en vida la has trocado...

 


 

Gran honor decir de alguien que es persona distinguida. Distinguir es un verbo hermoso, con sólo pronunciarlo se experimenta  agrado. Distinguir es percibir la diferencia  entre personas y cosas;  hacer claridad sobre un problema, resolverlo, más aún, deshacerse de él. Claridad y distinción se compenetran.      
Más que del cuerpo, la distinción es cualidad del alma. El vestido que cae bien expresa una distinción oculta,  intuida al instante. La persona distinguida es elegante, eminente, esclarecida. Vive  con el fondo del alma, tiene vida interior. Hay acogida en su ademán, fruto de la armonía que mantiene entre razón y emoción.

Distinguimos para unir, no para separar. La distinción  enriquece  la vida cotidiana y  salva del naufragio de la confusión. Distinguimos en la mano dedos, no los separamos.  De hacerlo, dejarían de ser partes del todo que es la mano. Distinguimos cuerpo y alma, tierra y cielo, tiempo y eternidad, hombre y Dios. No caemos en la tentación de separarlos. No se confunden,   forman  unidad.

Ya el Orfismo, en el siglo sexto antes de Cristo, planteó la visión  dualista de cuerpo y alma, del mundo de acá y del más allá, del sentido de la vida  y de la fuga de lo terreno; y Filón de Alejandría, en el siglo primero de la era cristiana, veía el cuerpo como sepulcro del alma. Dualismo que  empapó  nuestra cultura  en formas múltiples, hasta el punto de entender la muerte como separación de cuerpo y alma.

En la visión unitaria o monista, propia de la mentalidad bíblica, la muerte es realidad dinámica que va  desde el nacimiento  hasta el último instante de la vida.  S. Juan de la Cruz canta en un verso intrigante: “Matando, muerte en vida la has trocado”. Y comenta: “La muerte no es otra cosa sino privación de la vida, porque en viniendo la vida no queda rastro de muerte”. El que muere llega  a la plenitud de la vida “que es posesión de Dios por unión de amor” (Llama 2, 32). Muerte y vida son dimensiones de la vida terrena. Al llegar ésta a su fin, la vida entra en posesión de todo. En Dios la vida  vence a la muerte en cuerpo y alma para siempre. Al morir culmina el nacimiento en plenitud de vida.   

Dentro de la visión unitaria, la muerte es parte de la vida. Transmutar la muerte en vida es tarea cotidiana. Quien vive poca vida, vive mucha muerte.  El secreto de la vida es el amor. Cuanto más amo, más vivo la vida y más mato la muerte. Quien ama mucho, vive mucha vida y mata mucha muerte. Un místico medieval, que conocía el deleite supremo del amor, cantaba fuera de sí: “Ven muerte tan escondida / que no te sienta venir, / porque el placer del morir / no me vuelva a dar la vida". Vivía matando la muerte hasta volverla  plenitud de vida en cuerpo y alma por amor.

La educación unitaria enseña al discípulo (¿quién no lo es?)  a elegir, a distinguir sin separar. Que cultive el cuerpo, que cultive el alma; que se cultive en la unidad de su ser  individual y social, y empeñe en su labor el potencial infinito que descubre con sorpresa renovada en cada acción. Que se encamine por la distinción  a la felicidad con el gusto que proporciona la unidad. Nacemos, vivimos, morimos y resucitamos en cuerpo y alma en forma dinámica y simultánea.
        
La mentalidad unitaria tiene en el amor el secreto del éxito. Gracias a él, descubre una y otra vez la armonía  que rige el universo y se manifiesta  sin esfuerzo en la unidad del ser. En forma espontánea cuerpo y alma, tierra y cielo, tiempo y eternidad, hombre y Dios están presentes  en cada gesto  de la vida cotidiana, sin  los descoyuntamientos del dualismo.

El amor envuelve y expresa la unidad. Los místicos conocen como nadie el secreto de la distinción. “Se hace tal junta de las dos naturalezas y tal comunicación de la divina a la humana, que, no mudando alguna de ellas su ser, cada una parece Dios” (S. Juan de la Cruz, Cántico 22, 5). Gracias al amor, y eso es la mística, descubren que la unidad irradia sin cesar  elegancia y distinción. A no dudarlo, la distinción no separa, une. Milagro del amor.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD

 

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