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alegria-de-vivir S. Teresa tiene la sabiduría de la intimidad divina. “Muchas mercedes ha hecho el Señor a esta pecadora. Por lo dicho se puede entender mi alma. Sea bendito por siempre, que tanto cuidado ha tenido de mí… Siempre en todas las cosas me aconsejaba...

 


 

Alguien escribió a un amigo en silencio: “Ahora que ya sabes que Dios es tu Padre, ¿de qué alegría no serás colmado?” Había leído con él dos textos que le abrieron un horizonte infinito. Uno del evangelio: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en la casa de mi Padre? (Lc 2, 48). Y otro, del Diario íntimo de Charles Du Bos: “Al fin, pobres criaturas, Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos. Él tendrá compasión de nuestro indecible absurdo personal”.

Soy un ser en relación. La relación determina mi existencia. Vivo en relación conmigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios. Mi relación con Dios, de amor, pertenece a mi más profunda intimidad, hasta el punto de que Dios es mi intimidad. Cuanto más viajo a ella, tanto más descubro a Dios en mí, no como alguien que está junto a mí, sino como mi yo, mi más íntimo yo. Gracias a Él, mi corazón palpita de amor.

S. Teresa tiene la sabiduría de la intimidad divina. “Muchas mercedes ha hecho el Señor a esta pecadora. Por lo dicho se puede entender mi alma. Sea bendito por siempre, que tanto cuidado ha tenido de mí… Siempre en todas las cosas me aconsejaba este Señor. Jamás se descuida de mí”. Palabras de ternura embriagadora, el tesoro que todo ser humano tiene por descubrir y cultivar.  

Leopoldo Panero es poeta. Viaja sin cesar por los caminos interiores. Presa de la fascinación, escribe casi sin palabras: “¿Qué número infinito / nos cuenta el corazón?” Después de un silencio eterno, prosigue el viaje: “…Tus hijos somos, / aunque jamás sepamos / decirte la palabra exacta y Tuya, / que repite en el alma el dulce y fijo / girar de las estrellas.”

Una noche, Nicodemo, hombre sensible, va a visitar a Jesús. Su asombro crece sin medida al escuchar esta confidencia: “Tanto amó Dios al mundo… que no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. El Dios de Jesús es Padre. Todo padre debe parecerse a Él. Lo único que sabe es amar. Divinamente. Jesús es eso, transparencia del Padre. “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Cada hijo está llamado a ser transparencia del Padre.
“Ahora que ya sabes que Dios es tu Padre, ¿de qué alegría no será colmado?” Buen comienzo de año.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD

 

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