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parabolasJesús es un derrochador. Nació para derrochar humanidad. Y divinidad. Sus palabras tiemblan como un cristal al borde del abismo sideral. Las parábolas llevan la fantasía del lector más allá de sí misma. Es lo que no es, no es lo que es, como si todo estuviera...

 


Jesús es maestro consumado en el arte de contar parábolas. Su fantasía es una asombrosa cámara fotográfica de la vida real, que aprisiona una y otra vez en palabras que no es posible olvidar jamás, como el rico epulón y el pobre Lázaro.

Cada parábola de Jesús es un jirón de la parábola que es él mismo. Derroche de fantasía, humana y divina a la vez. Palabras que callan lo que dicen, que dicen lo que callan. Lejanía hecha cercanía, cercanía hecha lejanía, eternidad hecha tiempo, tiempo hecho eternidad.

La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro cuenta la fiesta del cuerpo que se olvida del alma, las dos caras de la misma moneda. La fantasía de Jesús echa mano de la magia del lenguaje para llevar al lector de asombro en asombro al encuentro consigo mismo.

Habla de un banqueteador, que eso es epulón, el que come, banquetea, come como anfitrión y como convidado, se distrae, se despreocupa, se apega, se cosifica, se vuelve, sin darse cuenta, cosa entre las cosas, hasta terminar en el Hades, infierno donde ni siquiera una gota de agua puede refrescar su lengua en llamas.

Habla también de Lázaro, que significa Dios ayuda, protege, salva. Lázaro, el alma, la otra mitad, distinguible, no separable del cuerpo. Lázaro, cubierto de llagas, tendido a la puerta del rico, que es el cuerpo. La fantasía del lector se queda absorta contemplando a los perros lamer sus llagas, medicina infalible de la ternura divina.

Jesús es un derrochador. Nació para derrochar humanidad. Y divinidad. Sus palabras tiemblan como un cristal al borde del abismo sideral. Las parábolas llevan la fantasía del lector más allá de sí misma. Es lo que no es, no es lo que es, como si todo estuviera en trance de nacer.

Leo en silencio el capítulo 16, versículos 19-31, de Lucas. De tanto en tanto hago una pausa para mirarme en mi interioridad. Me asombro de mi cuerpo, me asombro de mi alma. Como si comenzara a existir. Una relación secreta me lleva a la apremiante necesidad de armonía interior. Mi alma está en mi cuerpo, mi cuerpo está en mi alma. Prodigiosa unidad que necesito cultivar. El epulón y Lázaro nacieron para vivir en unidad.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD

TOMADO DE: El Colombiano, 4 de octubre de 2013

 

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