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todos-los-santosLa santidad es instinto natural, pues el ser humano nace con la inclinación de amar y ser amado, es decir, de ser bueno, perfecto, feliz. El poeta místico canta lo que es común: "que ya sólo en amar es mi ejercicio ".  Tarea titánica la de amarme...

 


Silva, cuyo recuerdo inspira tanta ternura como sus poemas, escribió: "¡El verso es vaso santo; poned en él tan sólo, / un pensamiento puro …". El verso de los versos es el hombre. Quien pone en sí el pensamiento puro que es Dios, participa de la condición divina.

La santidad es instinto natural, pues el ser humano nace con la inclinación de amar y ser amado, es decir, de ser bueno, perfecto, feliz. El poeta místico canta lo que es común: "que ya sólo en amar es mi ejercicio ".

Tarea titánica la de amarme, hacer unidad conmigo mismo. Titán es el que tiene fuerza excepcional para descollar en algo, como amarme, pues vivo alojando sentimientos que me destrozan, como tristeza, amargura, desconfianza, rabia, odio, desilusión.

Mi identidad consiste en amarme a mí mismo, amor que me capacita para amarlo todo. Y el secreto del amor a mí mismo es el amor de Dios. Sé que lo amo como Él me ama cuando hago unidad con Él, como decía S. Pablo: "Y vivo, mas ya no yo, es Cristo quien vive en mí ".

Amor es unidad de dos. El amor se refiere a todo cuanto existe, de modo especial al hombre, imagen y semejanza de Dios, que es amor. Eso es la santidad.

La invitación de Jesús es el secreto de la santidad. "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a Él y haremos morada en Él ". Santa Teresita sabe que la palabra de Jesús que tenemos que guardar es Él mismo, la Palabra que "se hizo carne".

Para santa Teresita la santidad no es una cosa, sino una persona, Dios aconteciendo en ella. "¡Oh Dios mío, Trinidad santa… yo quiero amarte y hacerte amar… En una palabra, quiero ser santa, pero siento mi impotencia, y por eso te pido, ¡Dios mío…, que seas tú mismo mi santidad ".

La santidad pertenece a la familiaridad de la vida cotidiana: mirar, oír, oler, gustar, hablar y tocar con amor, más aún, pensar y sentir con amor. Es asustadora la sencillez de la santidad. Los sentidos de mi cuerpo y las potencias de mi alma esperan de mí un ejercicio continuado de amor.

Amor y santidad son la misma cosa. Soy santo en la medida en que cultivo sentimientos de amor, como generosidad, acogida, alegría, paz, confianza, fortaleza, solidaridad. Mundo prodigioso de la dicha, de los enamorados. ¡La fiesta de todos los santos…

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 1 de noviembre de 2013

 

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