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perdonar-y-olvidarJesús oró así en la cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34). Quienes lo crucificaron, dañaron en forma inaudita una relación que necesitaba perdón. Mas Jesús no tenía que perdonar, porque fue inmune a la ofensa...

 


Borges tiene un cuento sobre Caín y Abel. Después de la muerte de éste, se encuentran los dos. Al advertir en la frente de Abel la marca de la piedra, Caín deja caer el pan que se lleva a la boca y pide perdón por su crimen. Como Abel no recuerda nada, Caín dice: “Ahora sé que en verdad me has perdonado, porque olvidar es perdonar”.

Perdonar es restaurar una relación dañada a causa de una ofensa. Ofendo cuando hiero, y me ofenden cuando dejo que dañen mi relación.

En la ofensa hay dos polos, ofensor y ofendido. Si la ofensa sale del ofensor, éste ya se ha hecho daño, daño que reparará perdonándose. Y si la ofensa no llega a aquel a quien se quería ofender, éste no tiene nada que perdonar.

Jesús oró así en la cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34). Quienes lo crucificaron, dañaron en forma inaudita una relación que necesitaba perdón. Mas Jesús no tenía que perdonar, porque fue inmune a la ofensa, pues vivía lo que enseñaba. “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen, para que sean hijos del Padre celestial” (Mt. 5, 45.46).

Jesús pidió perdón para ellos, porque de ellos salió la ofensa, ofensa que no llegó a él, que vivía en relación de inmediatez con su Padre. S. Pablo pudo decir: “Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida […] desconocida de todos los príncipes de este mundo -pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria” (1 Cor. 2, 7.8).

Perdonar no es olvidar. El perdón y la buena memoria pueden ir juntos. Según S. Juan de la Cruz, puedo recordar una ofensa siendo inmune a ella. “Claro está que siempre es vano el conturbarse, pues nunca sirve para provecho alguno. Y así en todo antes nos hemos de alegrar que turbar por no perder la tranquilidad y prosperidad”.

Soy dueño de mis sentimientos, y así, nadie me puede obligar a tener un sentimiento que yo no quiera, y no hay razón para alimentar sentimientos que no sean de amor. Quien evita todo sentimiento dañino, tiene una gran evolución espiritual.

El día que yo, tú, él, nosotros, ustedes, ellos cumplamos el mandamiento nuevo de amarnos como él nos ha amado (Jn. 15, 12), no habrá lugar para la ofensa. Y así, gracias al amor, quedará sin sentido el perdón.

 
AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD

TOMADO DE: El Colombiano, 7 de septiembre de 2011

 

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