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conversionPues ya andaba mi alma cansada... Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen... de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí...

 


 

Convertir: volver; más que volver a lo anterior, es cambiar una cosa en otra.

Conversión: vuelta, cambio de mentalidad.

Es más que ‘penitencia’, que evoca sobre todo la pena padecida por la falta;

y más que ‘arrepentirse’, que no expresa plenamente la transformación radical del ser y los frutos de la conversión: ‘Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor’ (Lc 3, 8).

Jesús dice: ‘Conviértanse y crean en el evangelio, porque el reino de Dios está cerca” (Mc 1, 15). Habla de una conversión al evangelio. En Marcos, evangelio es buena nueva y buena nueva es Jesucristo. La conversión de que habla Jesús es una vuelta a El, que es una vuelta al Padre ya que El y el Padre son uno (Jn 10,30).

La conversión a implica conversión de: se deja una realidad por otra, desapego de las cosas por amar a Dios. Es la originalidad de la predicación de Jesús: una vuelta a Él que es una vuelta al Padre ya que Él y el Padre son uno (Jn 10, 30).

Un caso típico de conversión: Jesús dice a Zaqueo:

‘Baja en seguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa...

Zaqueo bajó aprisa y con gusto recibió a Jesús...

Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo; y si le he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más’ (Lc 19, 5-6.8).

Hijo Pródigo: ‘Me levantaré y volveré a mi padre’ (Lc 15, 20): importa lo que busca más que lo que deja.

Conversión de Pablo:

“Sepan que el mensaje del salvación que yo anuncio... no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino que Jesucristo mismo me lo hizo conocer...

Dios me escogió antes de que yo naciera, y por su mucho amor me llamó. Cuando él quiso, me hizo conocer a su Hijo, para que yo anunciara su mensaje de salvación entre los judíos” (Gál 1, 11-12.15-16).

“Yo, por mi parte, sólo quiero presumir de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6, 14).

Conversión de Agustín:

¡Tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Y las cosas que me alejaban de ti no existirían si tú no estuvieses en ellas. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera. Brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y desde entonces te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti" (Confesiones, Libro 10, 27).

Conversión de Teresa de Jesús:

En la cuaresma de 1554, a los 39 años, Teresa vive su conversión:

“Pues ya andaba mi alma cansada... Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen... de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle... Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces” (Vida 9, 1.3).

Conversión de Teresita:

A los 13 años, 24 de dic. De 1886, Teresita cuenta su gracia de Navidad, al volver de la Misa de Gallo, ante un desaire de su papá, Teresita se siente destrozada. Y al bajar las escaleras para descubrir los regalos en los zapatos, se siente otra:

“Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón! Reprimiendo las lágrimas... y conteniendo los latidos del corazón, cogí los zapatos y... fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina... Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre... Sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que nunca hasta entonces había sentido tan vivamente... Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón el amor, la necesidad de olvidarme de mí misma por complacer a los demás, ¡y desde entonces fui feliz! (Ms A 45r-45v, p. 164-165).

Conversión de Edith Stein (Sor Teresa Benedicta de la Cruz) (1891-1942):

A los 15 años abandona su religión (judía) por no encontrar sentido en ella.

A los 22 años, la fenomenología rompe con sus prejuicios racionalistas. En el encuentro con Max Scheler, el mundo de la fe se presenta ante ella. Y la muerte de Adolf Reinach supone para ella el primer encuentro con la Cruz de Cristo.

“Soy filósofa, de la escuela fenomenológica de Edmundo Husserl. Este profesor nos enseñó a ir por la vida con los ojos bien abiertos... y a ir más allá de lo simplemente visto, al interior de las cosas, a lo íntimo de las personas...

Un episodio:

Recuerdo, por ejemplo, la impresión que me produjo una señora mayor visitando la catedral de Franckort -a los 25 años-. La vi recogida en un banco, totalmente aislada... haciendo su oración silenciosa e íntima... Ese gesto fue para mí un reclamo, una llamada de atención hacia una realidad hasta ahora apenas percibida”.

Otro episodio:

“Nos llegó la noticia de la muerte... de A. Reinach... Voy a Gotinga para acompañar a la joven viuda, amiga mía, en momentos tan difíciles. Al menos para mí la muerte era algo que me desconcertaba y ante la que no hallaba respuestas... comprensibles. Una vez más saltó la sorpresa. La vivencia que de la muerte del marido llevó a cabo la esposa, fue algo que desbarató los argumentos que yo había preparado en el viaje. La fe... de esta mujer le propiciaba luz y fuerza para no derrumbarse ante pérdida tan sentida. No tuve más remedio que... reconocer una vez más que aquí algo ‘especial’ estaba teniendo lugar”.

Otro episodio:

“El peso definitivo que inclinó la balanza hacia el lado del catolicismo ha sido la lectura de otro libro... Su autora... es una gran mujer de espíritu universal... Teresa de Jesús. Sus páginas me cautivaron ya desde la primera, de tal manera que me resistí a interrumpir la lectura, por más que avanzaba la noche... en lo redactado... hallaba respuestas a muchas de mis inquietudes; además expresadas con una frescura y lucidez femeninas como no he encontrado en ninguna otra obra... Ese libro es ‘Vida’... Por entre sus líneas he sentido fluir en todo su vigor la vida de una mujer inquieta también por saciar su sed de verdad. Nadie como esta santa carmelita me ha mostrado un Dios tan cercano, tan familiar, con el cual entablar una relación de verdadera amistad; un Dios al que trata de tú a tú –algo inconcebible para la piedad judía-. Este es el Dios en el que quiero creer, en el Dios experimentado por Teresa. ¡Aquí está la verdad!”

Conversión de Hermann Cohen, Padre Agustín María del Santísimo Sacramento (Hamburgo 1820-), gran pianista, discípulo y amigo de Franz Liszt. Después de una vida borrascosa por toda Europa. El 8 de agosto de 1847, dando un concierto en Ems, Alemania, participa en la misa y en ella:

“poco a poco, los cánticos, las oraciones, la presencia invisible, y sin embargo sentida por mí, de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme, a turbarme, a hacerme temblar, en una palabra, la gracia divina se complacía en derramarse sobre mí con toda su fuerza. En el acto de la elevación, a través de mis párpados, sentí de pronto brotar un diluvio de lágrimas que no cesaban de correr con voluptuosa abundancia por mis mejillas”.

El 28 de agosto de 1847, fiesta de S. Agustín, recibe el bautismo. Al recibir el agua bautismal:

“mi cuerpo se estremeció, y sentí una conmoción tan viva, tan fuerte, que no sabría compararla mejor que al choque de una máquina eléctrica. Los ojos de mi cuerpo se cerraron al mismo tiempo que los del alma se abrían a una luz sobrenatural y divina. Me encontré como sumido en un éxtasis de amor, y, como a mi santo patrón, me pareció participar, en un impulso del corazón, de los goces del Paraíso y beber el torrente de las delicias con las que el Señor inunda a sus elegidos en la tierra de los vivos”.

“Todos los pasos, todos los adelantos, los debo de manera bien evidente a nuestra madre común, a la buena y santa Virgen, refugio de pecadores”.

Ora así a María por su mamá:

“Oh María, te lo suplico, roza tan solo sus párpados con tu luminoso vestido y ella te verá, se levantará y te seguirá; amará a Jesús y entonces irá al cielo”.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal, OCD

 

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