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La bicicleta de PedroUn día Pedro le confesó a la mamá su envidia: comulgar. No sabía muy bien qué quería. Era un sentimiento que lo sobrepasaba. ¿Comulgar es recibir una hostia, un pedacito de trigo hecho papel? ¿Es la hostia un sacrificio? ¿Un sacrificio qué es?, le preguntaba...

 


 

Pedro tenía un dolor. Fuera del cuerpo. No sabía dónde. ¿Arriba de la cabeza? ¿Debajo de los pies? Lo buscaba dormido. Y despierto. Inútil mirar a la derecha y a la izquierda. De ver algo, se hubiera quedado ciego de felicidad. Que los ojos aprehendan un anhelo es cosa de los dioses. Era un desasosiego que no sabía cómo mostrarle a la mamá. Ella lo sabía, mas tampoco encontraba la palabra. ¡Si las palabras miraran! Una vez despertó despavorido a punto de despeñarse en el frenesí que entrevió en sueños. El vuelo de un gallinazo lo hacía morir de envidia, arte perfecto de subir al cielo. ¡La delicia volar!

Desde el uso de razón Pedro sabía que su destino era volar. Se pasaba días y días contemplando el vuelo de los pájaros en el cielo del verano. El espacio infinito se ponía de repente a sus pies, como si un relámpago electrizara cuerpo y alma dejándolos evanescentes de luz. Insoportable levedad que lo llevaba más allá de sí mismo como si un talismán mágico lo impulsara a volar, a subir, a ser otro siendo el mismo. Un día se quedó en éxtasis contemplando la metamorfosis de un gusano. La mariposa es un sueño con alas. Sin alas no quiero vivir, le dijo el corazón. ¡La delicia volar!, se repitió.

Un día Pedro le confesó a la mamá su envidia: comulgar. No sabía muy bien qué quería. Era un sentimiento que lo sobrepasaba. ¿Comulgar es recibir una hostia, un pedacito de trigo hecho papel? ¿Es la hostia un sacrificio? ¿Un sacrificio qué es?, le preguntaba con asombro a la mamá. Ella recordó lo que le habían enseñado: sacrificar es un dolor, el de hacer sagrada una cosa. Es sagrado lo que se da con amor. Dios lo es por ofrecerse al hombre con amor. "Mamá, yo quiero ofrecerme con amor. A ti, a los demás, a Dios. Yo quiero comulgar. Yo quiero ese dolor". La mamá le aclaró: comulgar no es propiamente recibir el Cuerpo del Señor. Es ser recibido en El. Pedro la miró fascinado. Gesto de comunión. El amor le quemaba hasta los sueños.

Pedro hizo a los nueve años la primera comunión. Propiamente no le interesaron ni el vestido ni la fiesta ni los regalos. Ese día ardía por dentro. Y por fuera. ¿Qué le pasa a la gota de agua que se pierde en el océano?, le preguntaron en la preparación. "Volverse océano", contestó sin vacilar. Desde entonces se repetía: "Jesús es el océano donde anhelo caer". Pedro supo al fin lo que es una experiencia oceánica: al comulgar por primera vez sintió que desaparecía y sólo quedaba Jesús. La mamá no sabía cómo estrecharlo contra su corazón para que ese instante fuera eterno.

Pedro adoraba el balón. Sentía que su destino era rodar. "Cuando ruedo me siento yo. Ruedo cuando salgo de mí mismo, cuando me desvivo por los demás, cuando me doy". Un día soñó que era el balón de Dios. Sus gritos de júbilo despertaron a Marco, su hermano menor, y a su mamá. Se pasaba las noches rememorando la cancha de fútbol que encontró en el cielo. "El día que pueda jugar allá seré el maestro de Ronaldo", se repetía a punto de despertar. "Mi destino es rodar. Quiero decir, ser balón, ser hostia, comulgar, sacrificarme, amar". Todo es lo mismo. El carismático rueda, llega a los demás, los consuela, se desvive por ellos, va en procura de su bienestar radical. Pedro es carismático, se decía en silencio su mamá.

Pedro era niño y hombre a la vez. La mamá, separada, tenía en él un compañero, un papá. La mataban sus detalles. Por él se daba cuenta de que el amor es instinto, se expresa con naturalidad. Estaba atento a todo. Lo entendía todo, lo adivinaba todo, hacía frente a todo. Como si Dios le hubiera ahorrado años de aprendizaje. A veces le cruzaba como un rayo por la memoria algo que había oído sin entender: "El amado de los dioses muere joven". Se tranquilizaba dejando la muerte en el olvido. Ningún presentimiento se impone a la seguridad de que un día, lejano, cerraría los ojos de la mamá. Ley de la vida, ley de la felicidad.    

Leyendo una biografía de Juan Brahms para niños, se llenó de admiración al leer esta confesión del gran músico alemán: "Las penas nunca me entristecieron, jamás me sentí abatido. Las canciones más lindas se me ocurrieron cuando limpiaba las botas antes de amanecer". No hay porqué llevar amarguras en el alma. El infortunio es otro medio de superación. La trama de la vida cotidiana está llena de sorpresas gratas para quien es sensible a la belleza que se esconde en todo. La mirada del niño es transparente cuando armoniza desprendimiento con amor. Infancia es frescura de lo que comienza. Es niño quien descubre que todo comienza siempre, como la gratitud y el amor.    

Fernando quiere llegar a casa. De repente percibe que el carro no le obedece. Siente que el vértigo de la tarde por volverse noche se apodera de él. Mira al cielo sin saber porqué. La estrella que anticipa la noche ilumina un rincón de la vía. ¿El alma? Todo se vuelve repentino. Hasta unos versos, náufragos del olvido, aparecen en el tablero en que aprendió a leer: "¡He aquí del año el más hermoso día!…" El cansancio con que termina la jornada no se los deja disfrutar. ¿El más hermoso día? ¿Cuál? ¿Por qué? "…El más hermoso día / digno del paraíso". No acierta. Delira. "Es el lejano / saludo que el cielo nos envía, / son los adioses que nos da el verano". Los poetas visten de fiesta las palabras. Son así.          

Fernando está que llega. A la mirada se le contagia el vértigo de la carretera. Los versos son cascadas de luz. "Noche como ésta y contemplada a solas / no la puede sufrir mi corazón. / Da un dolor de hermosura irresistible / un miedo profundísimo de Dios. Sanador y escritor, Fernando se pregunta: ¿por qué noche, dolor, hermosura, miedo, Dios? De repente entre el muro de la entrada y el carro de Fernando yace Pedro. Le quedó sólo el tiempo de un suspiro. El del amor. El suspiro que lo embriagó el día de la primera comunión. Cuando se subió a la bicicleta en el parqueadero del edificio no le hizo caso al dolor de hermosura irresistible que le surcó el cuerpo de la cabeza a los pies. Era demasiado: noche, dolor, hermosura, miedo, Dios. Todo junto. Nadie atina. ¿Es Dios hermosura irresistible? ¡Qué miedo! Miedo rarísimo de felicidad. "Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. He aquí que hago nuevas todas las cosas". Los videntes dicen cosas así.    

Con la mirada en desamparo, Paulina repite versos en desorden. Noche, dolor, hermosura, miedo, muerte, Dios. Se le trabucan las palabras. Por momentos entrevé la hermosura irresistible en que Pedro, adorado, vive. Un rayo de felicidad inunda la oscuridad de su dolor: "Hermosa es la vida potente. / En las manos de Dios / se ve plena". Quisiera ser poeta para hacer perdurable el consuelo de unos versos que están siempre en trance de nacer. ¡Hermosa es la vida de Pedro! En las manos de Dios se ve plena. Pedro, mi niño, llegó al cielo en bicicleta. Ya nunca la abandonará.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal, OCD

 

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