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Dios de la misericordiaEl Dios que nos revela Jesús es el Padre de la misericordia y Jesús es el camino de Dios y el Evangelio es el itinerario de Dios. Por eso el Dios de que nos hable el NT es el Señor y Amigo de la vida, principio y centro del amor de los creyentes. En Jn 14, 9 se dice...

 

En la Biblia Dios no empieza pidiendo, no enseña, no impone; simplemente nos llama por el nombre: Moisés! Abraham! Samuel! Sigue la conversación. Moisés no conoce todavía el nombre de Dios. No le puede invocar. Simplemente dice: ¡Heme aquí! con la actitud del que responde a un superior, rindiéndole obediencia. Dios se vincula con su pueblo a través del itinerario liberador de Moisés. Queda atrás la experiencia de la zarza ardiente, la sacralidad de la naturaleza y se empieza a ver la presencia de Dios en la vida de su Pueblo como una experiencia que es presencia, y es a la vez misericordia.

Sin hombres y mujeres que lo acojan y se dejen transformar por su presencia el mismo nombre de Yahvé pierde su sentido. Por eso, al decir “Soy el que soy” está marcando su distancia y cercanía; sólo porque existe en libertad, porque es independiente, puede darse a los humanos, dependiendo de ellos. Así aparece desde ahora como fuente y centro de toda comunicación personal. El misterio de Dios es principio de creatividad histórica. En camino de búsqueda densa, los hebreos han logrado descubrirle como portador de libertad.

Dios no es el futuro del humano. Contra aquello que parecen suponer las religiones místicas (y algunos panteísmos), la Biblia sabe bien que el futuro del humano no consiste en disolverse Dios, pues Dios ha sido y seguirá siendo trascendente. El futuro del humano es más que humano. En contra de un racionalismo que sólo valora las obras de la historia, la Biblia sabe que el humano (con la ayuda de Dios y por su gracia), puede superar lo que ahora tiene y salvarse, en diálogo con el Dios en la resurrección.

El Dios hebreo no es garantía del poder sacral del cosmos, ni fuerza irracional, tirano que plantea de forma caprichosa por encima de los pueblos o las cosas, sino que ha venido a desvelarse como persona; es amigo que conoce a los amigos para liberarles; voz de libertad que los convoca desde el fondo de dureza y cautiverio en que se encuentran para conducirles a la vida. Dios es el impulsor de la vida: libera de la dura esclavitud a los hebreos, para que recorran el camino de su historia e Israel es la prueba de Dios (teodicea), si no existiera Dios no existiera el pueblo de Israel. Es que a veces parece que ese pueblo camina por donde no hay itinerario.

El salto entre el Antiguo y el Nuevo Testamento está en la Persona de Jesús, que Él mismo es amor y misericordia y se define como AMOR.

PASCUA: ITINERARIO A DIOS

El Dios que nos revela Jesús es el Padre de la misericordia y Jesús es el camino de Dios y el Evangelio es el itinerario de Dios. Por eso el Dios de que nos hable el NT es el Señor y Amigo de la vida, principio y centro del amor de los creyentes. En Jn 14, 9 se dice “quien ha visto a Jesús ha visto al Padre”. Por eso sostenidos por esa experiencia, hablamos de Dios no sólo como rico en misericordia, sino como Padre de la misericordia, es decir, como consolador y redentor de los humanos.

Jesús nos ha mostrado el rostro de Dios Padre como Amor gratuito, donación de vida que desborda nuestros intereses egoístas. Nos atrae Dios como Padre de amor que funda lo que somos. Queremos anteponer a esa imagen de Dios, en la que se había destacado en lo divino de Dios los rasgos de la autoridad violenta, del orden conseguido por la fuerza y un Dios simbolizado en el trueno y guerrero, dueño de todo lo que existe para ser protector del pueblo, la imagen de un Dios simbolizado en la ternura materna en la que se van a destacar sobre todo los aspectos de la cercanía vital y el cariño y es esto lo que nos lleva de nuevo al misterio del Dios Padre-Madre.

Padre es para los judíos un símbolo más, no el nombre del verdadero Dios. De hecho, los judíos no rechazan la paternidad de Dios, pero no han podido ponerla en el centro de su existencia. Es decir que para ellos no tiene rostro, es el alejado, o si prefieren un Dios al que no han logrado aceptar encarnado en la realidad humana. Es que la afirmación fuerte de la paternidad de Dios es inseparable de la encarnación. Nosotros lo sabemos así, porque Jesús lo llamó y nos enseñó a decirle así: Padre. Y esto se convierte en la mayor novedad de nuestra experiencia de Dios: llamarlo Padre. Y por lo tanto confiar en Dios, nacer desde su seno de amor. Esta es la verdad del Evangelio, su novedad primera y duradera: todo lo demás es consecuencia. De hecho, lo más original de la oración de Jesús, es precisamente poder llamar a Dios: Padre.

Creer en Dios significa sabernos capaces de amar con él, superando la violencia vieja de la tierra. Dios no sólo habita entre nosotros, haciéndonos nacer / vivir, sino que actúa por nosotros, haciéndonos portadores de su perdón creador y gozoso para los hombres. Sólo hay un camino para conocer al Dios de Cristo: escuchar su mensaje, asumir su muerte, proclamar su pascua. Dios recibe a Jesús en el misterio de su vida. Sólo por pascua sabemos que hay Dios de verdad y que es el Padre de Jesús. La Pascua es el itinerario del cristiano hacia Dios.

Uno de los rostros más claros del amor de Dios es el perdón, que, en definitiva, es misericordia. Al encontrar en el perdón una alegría que no pasa, vemos disiparse las severidades hacia los demás, y es esencial que éstas dejen lugar a una infinita bondad.

Te quiero invitar para que te acerques a la Persona de Jesús y podrás ver la fuerza de su presencia y el poder sanativo de su amor. En concreto es una de las experiencias más originales que nos faltan a todos por vivir para cambiar el mundo en el que vivimos y la gran posibilidad que tiene la Palabra de Dios; por no decir su actualidad. Esta es una de las razones por las que la Iglesia tiene una palabra cargada de sentido en el mundo que nos toca vivir. Vale la pena descubrirlo.

INVITACION DE AMOR

Sigue avanzando hacia la plena encarnación en el que la misericordia de Dios se haga bendición para tu vida y tu experiencia. Esta es una tarea inaplazable que tenemos los hombres y las mujeres de hoy.

No aplacemos nuestra conversión. Permitámosle a Dios que su misericordia llene todos los vacíos de nuestra historia. ¿Por qué no confesar la paternidad de Dios que nos llena de gozo y de alegría? Regresa siempre a un lugar firme. Y este no puede ser otro que el descubrir la tarea de amar. Porque la misericordia de Dios se explicita en nuestras vidas y en la historia de siempre cuando sabemos amar y perdonar.         Cuando sabemos que la misericordia no sólo es para Dios, sino que es tarea continua para descubrir en nuestras propias vidas.

Esto sólo se consigue plenamente, cuando te dejas preguntar por Jesús, como lo hizo con Pedro: ¿Me amas? Cuando te sientas abrumado por distracciones y fantasías, el perturbador deseo de lanzarte al mundo del placer. Pero ya sabes que no encontrarás allí una respuesta a tu pregunta más profunda. La respuesta no pasa de repetir viejos eventos ni por la culpa ni la vergüenza. Todo esto te hace disiparte y abandonar la roca sobre la que está edificada tu casa. No dudes decir sí al amor de Dios, aun cuando no lo sientas o por el contrario experimentes el vacío y la falta de fuerzas. Sigue diciendo “Dios me ama, y el amor de Dios es suficiente”. Dios siempre es misericordia y su cercanía está encarnándose en ti continuamente en esos momentos de debilidad.

Te invito a confesar las maravillas de Dios y también nuestro pecado. Pero no te quedes en él, porque Dios es más grande que nuestro pecado.

Momentos de gracia

En definitiva, el Sacramento del Perdón es una experiencia de misericordia, un evangelio gozoso, tanto en la vida del penitente como en la del Ministro de la Iglesia. Esta es la actitud fundamental para poderlo celebrar ya que es la que corresponde al corazón del Padre.

Para el penitente es un momento de gracia muy especial. Sale reconfortado después de haber tenido la audacia de mostrar sus llagas a la Iglesia para que ésta le conceda el perdón que las transforma en llagas gloriosas. Así como hay quien ha besado las manos del sacerdote después de la absolución, conozco ministros que han besado sus propias manos, ungidas para perdonar, después de otorgar la absolución para dar gracias a Dios por esta presencia eficaz que perdona el pecado, sana las heridas y salva nuestras vidas.

No cabe duda: la celebración es un tiempo de gracia. Lo es para quien después de haber sido acogido sale aliviado y en paz a recomenzar su vida. Lo es para el ministro que representa al Señor quién, a pesar de ser un hombre herido, es elegido para ser portador de la gracia del perdón y de la misericordia de Dios. Es un don inmerecido, que nunca nos cansamos de agradecer. Así es como bendecimos a Dios por la humildad de los penitentes por la transparencia de sus vidas, por tantas conciencias delicadas que nos ayudan en nuestra propia conversión y .... por la oportunidad de ser portadores de la misericordia sobreabundante de Dios para quien más necesita de la gracia del perdón.

Las llagas de Cristo nos revelan su misericordia. Como lo cantamos en el Pregón pascual cuando lamamos “feliz la culpa que nos ha merecido tal Redentor”. Por eso, no vaciles en amar, y amar profundamente. Aunque sientas miedo del dolor profundo que puede provocar el amor. El dolor que proviene del amor profundo hace tu amor aún más provechoso. Cuanto más hayas amado y más te hayas permitido sufrir a raíz de tu amor, más podrás dejar que tu corazón se amplíe y se profundice. Porque los que has amado se vuelven parte de ti y tu tarea para amar nunca acabará, porque tu amor será parte de la misericordia de Dios.

Hijos Amados

Cuando Jesús nos revela a su Padre y a nuestro Padre como un Dios que es Amor, perdón, entera misericordia, dador de futuro, “cómplice” de nuestra libertad y autonomía no es sólo para mostrarnos lo que Dios es para cada uno de nosotros, sino también para llamarnos a ser como Él. Jesús, en su Evangelio, nos invita constantemente a hacer verdad en nosotros el regalo que hemos recibido como herencia. Pablo lo decía así a los cristianos de Roma: “Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; y el compartir sus sufrimientos es señal de que compartiremos también su gloria” (Rm 8, 16-17)

La forma en que estamos llamados a amar a los demás es la forma como el Padre nos ama. Ninguno de nosotros ha sido padre o madre sin haber sido antes hijo o hija. Y cada uno está llamado a ser padre o madre para otros. El camino que Jesús nos propone para ello es volver a la casa del Padre Dios y aprender allí lo que realmente significa nuestra vocación. Estar junto al Padre Dios es vivir y aprender que la paternidad y la maternidad a la que estamos llamados significa no sólo ser perdonados, sino también ser fuente de perdón; no sólo ser acogidos sino también acoger; no sólo ser objeto de misericordia y de amor gratuito sino también ser sujeto de gracia para muchos.

Así nuestra paternidad y maternidad está hecha de acogida, de dar derecho a ser, de perdón, de corrección amorosa. El Padre Dios no vive preocupado de sí mismo; los hijos somos su única preocupación. Hay en esta vocación un ser hombres y mujeres de consolación; es volvernos vulnerables al mal y al dolor del mundo, comenzando por el mal y el dolor que habita en nosotros mismos y del que somos responsables. El dolor por nuestros pecados y el de los otros es una de las formas de orar y en él aprendemos la libertad sin la cual el amor no puede surgir. Ser padres y madres es aprender a perdonar de corazón de forma incondicional. Y esto lo recibimos del Padre Dios: un corazón que no reclama nada para sí; un corazón vacío de egoísmo. Es que sentimos miedo y superar los miedos a ser utilizados o a ser heridos. Por esto necesitamos muchas veces traer a la memoria que somos hijos a los que mucho se les ha perdonado. Porque cuando recordamos que somos hijos, que somos hijos amados, es entonces cuando nos volvemos capaces de acoger a otros, con la misma generosidad y misericordia con que el Padre Dios nos acoge.

Tal vez la mejor manera de entender esto es volver a leer el Evangelio de Jn 15, 13 en el que nos dice que “nadie tiene amor mas grande por los amigos, que uno que da la vida por ellos”. Por eso ser padre o madre implica generosidad, vaciamiento de sí y entrega de todo lo que somos a nuestros hijos. Y la vida cristiana nos lleva a parecernos a ese Dios Amor que nos invita a vivir la misericordia. La generosidad nos hace pasar del miedo al amor; de nuestros intereses y codicias al don de nosotros mismos. Es por eso que en una etapa adelantada de la vida sólo resta permanecer en casa y esperar. Simplemente esperar. Como el Padre del Evangelio que esperaba y desde lejos divisa a su hijo (Lc 15, 11-32) para abrasar con nuestras manos sus hombros y espaldas. Besar los rostros crecidos de los recién llegados.

Este gesto lo realizamos muchas veces, aunque no nos demos cuenta, lo hacemos toda vez que acogemos, confrontamos, que ayudamos a crecer, que perdonamos, que animamos. Cada vez que de vuelta a la casa del Padre, estamos en casa para otros. No importa si somos viejos, adultos o jóvenes; si somos laicos, sacerdotes o religiosos o religiosas; si los hijos que llegan son nuestros o ajenos. “Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos tan pequeños, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40) a imagen y semejanza de Dios Padre-Madre.

En la vida cristiana da ganas de antojar al otro para descubrir la entrañable riqueza de nuestra condición humana descubriendo las figuras de la paternidad y maternidad de Dios que estamos llamados a hacer realidad en nuestra vida y trabajos cotidianos. Podemos empezar por entrever cómo nuestra vida de cada día es el camino sencillo que tenemos de acceso al Padre de la mano de Jesús. Y son realidad y desafío a la vez. Es así como podemos crear espacios de libertad y de acogida, donde podemos perdonar y ser perdonados, dar y recibir futuro y gracia y amor. En estos espacios construimos los senderos de nuestra vocación a la santidad.

Sanar, acompañar, humanizar

Entre todos los trabajos que conocemos hay un tipo de trabajo que merece particular atención al reflexionar sobre las formas o figuras que asume nuestra paternidad y maternidad: es el quehacer de quienes tienen por vocación y profesión la ayuda a otros ya sea en forma individual ya sea en forma grupal u organizacional. Muchos de nosotros, cristianos laicos, somos médicos, enfermeros o enfermeras, trabajadores sociales, educadores populares, siquiatras y sicólogos, acompañantes y consejeros espirituales, ministros de las comunidades de base, dirigentes y animadores de organizaciones gremiales, etc. Todas estas son formas de ayuda orientas a acompañar, sanar, levantar, en una palabra, facilitar el advenimiento del sujeto humano, al crecimiento en humanidad de personas, grupos y comunidades.

Es por medio de nuestro trabajo profesional que podemos crear un espacio en el que aquel que ayuda y aquel que necesita ser ayudado o pueden llegar a ser, el uno para el otro, compañeros de una promesa común, que compartiendo una misma condición necesitada, buscan juntos el rostro de más pleno posible de hombre y mujer, de sociedad y de iglesia. Lo que hacemos al sanar, al cuidar, al organizar y dirigir, y acompañar a personas y comunidades es crear espacios para que quienes han sido golpeados y asaltados en el camino difícil que es vivir, reencuentren y reconstruyan un hogar humanamente habitable, una casa paterna a la que llegar y en la que convivir, donde poder trabajar, amar y soñar. Esto nos lo está permitiendo la mano misericordiosa del buen Dios que nos hace partícipes de su misericordia, cuando nos crea para que sigamos creando.

Todos estamos llamados a cuidar y necesitamos, a la vez, de cuidado. Por eso la revelación de Dios, Abbá, por parte de Jesús, va íntimamente unida, a su exigencia entrañable a hacernos cargo del sufrimiento del inocente haciéndolo cercano a nosotros (Lc 10, 30-37). Es participar de esa experiencia de la misericordia de Dios. Esto significa que quienes por vocación se han preparado durante largos años de riguroso y arduo trabajo, para el servicio de cuidar, sanar, ayudar y acompañar a otros, lo hacen como parte constitutiva de la comunidad que Jesús quiere más allá de lo que sepan o no. Ello nos permite reconocer el acontecimiento cotidiano de la ternura y el amor entrañable del Padre Dios y su misericordia en el servicio de todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo y que han hecho suya la tarea de ayudar a muchos para que tengan vida abundante.

Todo lo cual significa que nuestros servicios comienzan por crear a imagen y semejanza del Padre, el espacio vacío paro amistoso, fuente de confianza y de ternura, en el que los necesitados puedan contar sus historia a alguien que escucha con capacidad real. De esta manera todos los conocimientos y capacidades de los hombres y mujeres se pueden redimensionar en la piel de un corazón compasivo y misericordioso como el del Padre.

Padre de misericordia

Juan Pablo II, fundándose en una tradición de la común experiencia de la Iglesia ha definido con mucho acierto a Dios como Rico en misericordia (Dives in misericordia, Encíclica de 1980 Ef.2,4): la riqueza de Dios no se mide en términos de fuerza o poder, sino en la abundancia de un amor que da vida, reconciliándonos en Cristo.

Situémonos todos en el principio de la vida al Padre de Misericordia. Seamos todos, hombres y mujeres, que somos en Cristo hermanos de misericordia, es decir, amigos y liberadores de los oprimidos. Seamos hermanos que se sirven y aman con misericordia, eso hemos de ser los seguidores de Cristo sobre la tierra. Por eso tenemos una palabra tan oportuna, desde el Evangelio, en este momento: para expresar sobre la tierra y en nuestros ambientes la Misericordia de Dios Padre.

Padre de misericordia, queremos hacer la experiencia de tu presencia en nuestras vidas y queremos descubrir eso que solamente nos puede regalar tu amor de Padre. ¡Qué bueno volver a pensar que nos conoces y nos amas con una misericordia infinita!

 

AUTOR: P. Francisco Javier Jaramillo, OCD

 

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