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cuaresmaSe ha dicho que amar es una decisión. Mi amor es decisión mía, así sea inconsciente. Si yo no quiero, aunque me mate, nadie me puede obligar a amar. Y lo que digo del amor, es aplicable a todo sentimiento. Odio si decido odiar. Si odio es porque, así sea en forma...

 


 

Zaqueo es un personaje evangélico a quien cobija el manto de la admiración. Partícipe del embrujo de la mirada divina, su historia quedó unida a la de Cristo para siempre. Su nombre significa puro, justo. Lejos de las exacciones de cobrador de impuestos, su presentimiento encuentra en el árbol el símbolo de la estatura que le corresponde: "Zaqueo, baja en seguida porque hoy tengo que hospedarme en tu casa" (Lc 19, 5). Desde entonces emprende el vuelo por los espacios infinitos de la magnanimidad: "Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo, y si le he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más". Zaqueo se enrutó por el sendero del perdón. Los ojos de Jesús cambiaron en su pecho el fuego de la codicia por la hoguera del amor. Siglos después S. Juan de la Cruz ponía en el papel lo que a este hombre diminuto le pasó: "¡Oh llama de amor viva / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro!". No es posible leer la historia de Zaqueo sin que los ojos se vuelvan ascuas de perdón. Y de amor.

El 12 de marzo el Papa Juan Pablo II pidió perdón al mundo entero por los errores y pecados de la Iglesia Católica, paso alentador en la apertura del tercer milenio. Luz nueva en el camino de la humildad, oscurecido una y otra vez por el dogma de la infalibilidad. El reconocimiento de errores como la Inquisición, las Cruzadas y la Conquista evangelizadora de América Latina constituye un gesto conmovedor de humanidad. Expresión determinante del cristiano: "He aquí que estoy entre ustedes como el que sirve, porque el Hijo del hombre no vino para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10, 45).

Que el Papa Juan Pablo II haya pedido perdón expresamente en noventa y cuatro ocasiones durante sus veintiún años de pontificado indica que en su mirada hay una luz sobrenatural que ilumina las tinieblas y fortalece la debilidad. Y abre al mundo un camino nuevo de humanidad: por diferentes que sean las connotaciones que nos determinan, somos hermanos, hijos del mismo Padre.

Colombia es un pueblo de resentidos que se pasan la vida llevando la cuenta de las ofensas con aforismos como éstos: "Lo que me hizo no tiene perdón de Dios", "Perdono pero no olvido". La intolerancia y la agresividad envenenan la atmósfera que respiramos, como si la violencia y el miedo fueran el distintivo de nuestra identidad.

Se ha dicho que amar es una decisión. Mi amor es decisión mía, así sea inconsciente. Si yo no quiero, aunque me mate, nadie me puede obligar a amar. Y lo que digo del amor, es aplicable a todo sentimiento. Odio si decido odiar. Si odio es porque, así sea en forma inconsciente, esa es mi decisión. Si aun en la mayor ofensa decido no odiar, nadie me puede obligar a hacerlo. El ser humano cuenta con el dominio de sus sentimientos. Tiene el poder de decidir, de escoger. Es la responsabilidad que le cabe en la promoción de su dignidad, aun en contra de una cultura con no poco de perversa por sazonar la vida con tantos ingredientes de fatalidad.

El Papa invita a todos al perdón. Tarea para la cual estamos dotados de manera precaria en una cultura ancestral de miedo, violencia y resentimiento. A nosotros se nos mete en el alma la sospecha de Zaqueo: en alguna parte habita la fortaleza que necesita el corazón. La dulzura de la mirada y las palabras de Dios volvió limpia y transparente el alma de Zaqueo, que "bajó aprisa" del árbol de la codicia y de los odios para vivir en la casa del perdón y del amor. El lector de esta página evangélica se siente sobrecogido de admiración. Delicioso saber que "hoy ha llegado la salvación a esta casa" (Mc 6.9).

Los diálogos con la guerilla no pertenecen a una geografía restringida. Están en el corazón, en el hogar, en la calle, en la ciudad y en el campo. Sólo un perdón transformante del comportamiento diario da solidez y eficacia a la palabra empeñada por los representantes de la comunidad. "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen", y "sean misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso" son expresión exacta del perdón, forma perdurable de restablecer las relaciones rotas por tantos atentados contra el bien común. La sinceridad del perdón está en que cada colombiano en unión con los demás comience a trabajar de inmediato en la construcción de la comunidad, renunciando a las ventajas y privilegios que socavan su existencia. A no dudarlo, Zaqueo se encontró consigo mismo y con los demás cuando se encontró con Dios. Es ésa la tarea del perdón y el poder de perdonar.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal, OCD

 

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