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arte de la invencionTeresa contó desde el principio con lectores avezados. A Fray Luis de León su escritura tersa, de desafeitada elegancia, lo colmó de entusiasmo y admiración. Y San Juan de la Cruz, en un momento culminante del Cántico Espiritual, escribe: "También la bienaventurada...

 


 

Invención es palabra apropiada para hablar de S. Teresa de Jesús. Inventar es crear. Es el distintivo del artista. Inventar propiamente es encontrar, descubrir, aprisionar. Lo que hace el artista con la belleza, flotante en todo cuanto existe, ajena a la vez y familiar a los sentidos. La capta con mirada atenta y profunda, la aprisiona, y la pone a caminar con vida propia eternizando el momento fugaz. Teresa es maestra de la invención.

¿Qué le ocurre a Teresa? Desaforada lectora, el lenguaje le es consustancial, lo necesita con urgencia para ser feliz. "Sin libro nuevo no tenía contento", es una de sus frases lapidarias. Tiene el instinto del lenguaje. En sus manos la lengua española, en trance de hacerse, es moldeada con tal estro, finura y elegancia, que ella misma se pasma de su quehacer de escritora hasta el punto de que en más de una ocasión su humildad se ve asediada por la irresistible tentación de enorgullecerse de ser genio de la lengua. El lenguaje cotidiano deviene arcilla maleable en sus manos de picardía infinita para acercar la pequeñez humana a la grandeza divina. La tierra junto al cielo. Es decir, la mística: Dios en el hombre, el hombre en Dios.

El lenguaje de Teresa es arcaico. De su mano, esta palabra se llena de dignidad: es la expresión fresca y sabrosa con todo el atuendo elemental de "las viejas castellanas sentadas junto al fuego" para atrapar al aire con malicia incontaminada el gusto por la vida de hace cuatro siglos. Para instalarse en él hace falta un sabor que cada paladar determina, instintivo y súbito o fruto de entrenamiento continuado. Al lector le sobreviene un estado de ánimo que satisface con creces sus expectativas: las palabras que tiene ante sus ojos lo conducen a "una tierra extraña de luz" donde el deslumbramiento, anticipo del paraíso, es igual al escenario anchuroso de la felicidad. Para Teresa los anhelos secretos del corazón no tienen nada de engañoso.

Teresa contó desde el principio con lectores avezados. A Fray Luis de León su escritura tersa, de desafeitada elegancia, lo colmó de entusiasmo y admiración. Y San Juan de la Cruz, en un momento culminante del Cántico Espiritual, escribe: "También la bienaventurada Teresa de Jesús, nuestra madre, dejó escritas de estas cosas de espíritu admirablemente". En un vigoroso lenguaje sustantivo Teresa le cuenta al lector cómo es cada peldaño de la escalera que va de la tierra al cielo. Conoce el ritmo vital de cada caminante y le murmura al oído con fascinante ternura de mujer: "que sabe su Majestad que es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto". ¿Es golosina Dios? El lector de Teresa que no la haya saboreado, no sabe aún qué lee. Precise entonces a qué golosina se juega la vida y qué jugos alientan sus sistemas corporales y anímicos.      

Es bueno preguntarse una y otra vez porqué Teresa subyuga tanto. Hace afirmaciones como ésta: "Representóseme Cristo delante… Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan impreso que ha esto más de veintiséis años y me parece lo tengo presente". La Divinidad se imprime indeleblemente en el ser humano por toda la eternidad cuando éste le abre sin condiciones las entrañas. A quien se interesa por no hacer nada que pueda enturbiar el resplandor del sol, el amor lo   marca con su sello divino.

Teresa vive saturada de Dios como satura el agua el cuerpo que se sumerge en ella, si por saturar se entiende llenar, impregnar, colmar. No otra cosa es el bautismo en el sentido etimológico de inmersión: ser saturado de Dios. Quien lee a Teresa, abreva en la fuente más pura de la vida. "Arroyico pequeño que entra en la mar, no habrá remedio de apartarse" (Moradas 7, 2, 4). Indisoluble comunión de amor. Vocación del hombre y del universo. Con prodigiosa invención de lo que es Dios, Teresa abre sus entrañas en esta confidencia: "A la verdad, Rey mío, tomabais por medio el más delicado y penoso castigo que podía haber para mí. Con regalos grandes castigabais mis delitos" (Vida 7, 19). Incomparable magisterio místico.      

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal, OCD

 

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