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bautismo La experiencia del pecado y de la gracia en la Biblia, se plantean en términos de pertenencia a un pueblo de salvación.  Pecar es marginarse de la comunidad, para encerrarse en el egoísmo.  Gracia es el éxodo de los límites personales para pasar al ámbito comunitario...

 


 

“En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra.  Las tinieblas cubrían los abismos mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas.   Dijo Dios: ‘Haya luz’ y hubo luz.  Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas…”[2]

 

Los primeros capítulos del libro del Génesis fueron redactados en la época de mayor esplendor político y económico del reinado de David y de su hijo Salomón.  La escuela yahvista, a quien reconocemos el mérito de la mencionada composición literaria, intuyó que Israel, en el culmen de su potencial, estaba expuesto al peligro de la presunción y de la soberbia;  por ello, advierte que ninguna de las conquistas de Israel derivan de sus propios méritos, sino que constituyen un don inmerecido de la gracia divina.   La advertencia se realiza encuadrando la historia israelita en una perspectiva universal en donde la humanidad herida a causa del pecado, no puede reivindicar ningún derecho sobre los dones de Yahvé ni siquiera  la existencia misma[3].

Ya desde las primeras estrofas, el Génesis nos introduce en un poema espectacular en donde el yahvista celebra la capacidad de Yahvé de generar vida en abundancia;  una vida exuberante, hermosa y esencialmente bondadosa “Y vio Dios que esto era bueno”[4] En el vértice de la creación, Dios hace una nueva criatura a su imagen y semejanza: el hombre “Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Varón y hembra los creó”[5]

Concluida la obra creadora, aquel universo respira una gran familiaridad: el hombre familiariza el universo a su alrededor dando nombre a las diversas criaturas, se familiariza con la tierra en el jardín del Edén, cultivándolo y cuidándolo, y pasa de su inicial soledad a la conformación de una familia en compañía de la mujer, igual al varón en su dignidad elemental  “Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne”[6] De esta forma, la bendición de Yahvé se traduce en el paso de la existencia individual del hombre a su familiarización con el universo.

En consecuencia, el narrador yahvista advierte que Israel no ha de pretender someter y esclavizar a los demás pueblos para imponer su individual y singular poderío, sino convertirse en el canal de la bendición de Yahvé para todas las naciones;  en una palabra, la misión de Israel es llevar a los pueblos a familiarizarse con Yahvé.

La narración, sin embargo, no concluye en una simple exhortación;   el yahvista quiere llevar a Israel a la contemplación de su infeliz destino si por presunción rechazase el mandato de Yahvé.  Por tal razón, elabora un delicado escenario en el que varón y hembra llegan a romper sus vínculos de familia con el Creador.    Utilizando la imagen del árbol de la ciencia del bien y del mal, símbolo de la sabiduría,  pone en boca de Yahvé la prohibición de comer del fruto de aquel árbol.  Comer significa, en este contexto, adueñarse de la sabiduría, privando a otros congéneres de su aprovechamiento.  Comer del fruto equivale a conservar la sabiduría para uno solo y negarse a compartirla con otros.   Israel no puede reservarse codiciosamente los dones de Dios;  ello significaría un acto de tal desfamiliarización, que se rompería el equilibrio comunitario original.

En el desenlace de la narración varón y hembra tentados por la serpiente comen del árbol de la ciencia del bien y del mal y “entonces se les abrieron los ojos y ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos.”[7] Estar desnudo significa encontrarse desprotegido, desamparado,  es ver en determinado momento que no hay otro que me cubra y proteja;  es, en una palabra, sentirse ante los otros tremendamente lábil y solo.    Si Israel, refugiado en su orgullo y autosuficiencia, no se convierte en canal de bendición para las naciones, se verá desprovisto de los dones que inmerecidamente Yahvé le ha dado;  se verá desnudo, frágil e impotente.

Más aún, el acto egocéntrico de Israel generará un cataclismo de tal magnitud que toda familiaridad universal se verá lesionada.   La armonía original dará paso al desequilibrio relacional.   Por tal motivo, la desobediencia de varón y hembra traerá como consecuencia el triple desajuste universal.  En primer lugar, la pérdida de la amistad con Dios acarrea la pérdida de la familiaridad con la tierra.  La tierra se hace extraña e incluso hostil al hombre.   Quien tenía la misión de cultivar y someter la tierra de un momento a otro se convierte en sometido;  el que creía dominar se convierte en dominado “Maldita sea la tierra por tu causa.  Con fatiga sacarás de ella el alimento por todos los días de tu vida.  Espinas y cardos te dará mientras le pides las hortalizas que comes”[8] Desde entonces el hombre impondrá a la tierra una voluntad enfermiza y rebelde en la que no cuenta el respeto por la diferencia;  en últimas, el hombre pretenderá abusar de la tierra sin advertir las graves consecuencias de su codicia.

En segundo lugar, la pérdida de la amistad con Dios acarrea la pérdida de la familiaridad del hombre con su prójimo, en este caso la mujer.   La infidelidad hacia Dios se traduce en traiciones recíprocas entre varón y hembra.  El uno querrá dominar y someter al otro, ocasionando una lucha de géneros en el que el más puro amor conserva rastros de egoísmo y el odio más visceral esconde un deseo de cercanía y atracción.   Bien dice Romano Guardini que “constantemente el hombre y la mujer se abandonan el uno al otro, y los que se hallan tan íntimamente unidos pueden llegar a sentir más soledad cuando están juntos que si fueran dos extraños”[9]

Finalmente, la pérdida de la amistad con Dios comportará la perdida de la familiaridad del hombre consigo mismo; en efecto, la vida del hombre se planteará de ahora en adelante como un combate entre sus posibilidades de santificación y las acechanzas del mal “Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la  suya.  Ella te pisará la cabeza mientras tú herirás su talón”[10] Esa división interior manifiesta en el corazón humano la subraya San Pablo en su Carta a los Romanos:  “No soy yo quien obra el mal, sino el pecado que habita en mí, quiero decir en mi carne. Puedo querer hacer el bien, pero hacerlo, no.  De hecho no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero.”[11] En adelante, el hombre se sentirá expatriado y desorientado en una lucha por reconciliarse interiormente;  habitará ‘en las afueras del castillo’ como lo reconoce Santa Teresa de Jesús.

¿Qué es entonces el pecado para el narrador yahvista?  Es la incapacidad de Israel de salir de sí mismo, de su egoísmo y autosuficiencia para convertirse en canal de familiarización con el universo.   Las consecuencias del mismo pecado serán la desvinculación de Israel con su vocación; en adelante vagará extraviado sin saber quién es, ni dónde se halla, ni para dónde va.  Se han roto los vínculos con el universo que lo orientaban en la existencia.  Israel ya no es familiar ni para sí mismo ni para nadie;  se desconoce, se ha perdido.

La exposición que hemos venido haciendo nos lleva a apreciar el gran valor de la simbología del Génesis ya que de ella sobresalen dimensiones antropológicas de gran hondura y contenido;  de manera especial, la narración de las consecuencias del pecado de la pareja primordial, parece trascender el ámbito mítico y literario para manifestarse en nuestro presente; en efecto, reconocemos el abandono y explotación al que hemos sometido a la tierra y a sus más elementales recursos naturales;  se alcanza a prever , por ejemplo, que en el futuro las guerras de la humanidad serán por la consecución del agua y del oxígeno.

En segundo lugar,  constatamos que el hombre no se acepta y percibe del todo como prójimo; la lucha por la reivindicación de los derechos humanos es más una tarea futura que una realidad conquistada.  No es necesario ir tan lejos para encontrarnos con el sinnúmero de víctimas a causa de la actual violencia en Colombia.

Finalmente, percibimos que, aún con los notables avances de la ciencia y de la tecnología, el hombre permanece siendo un extraño para sí mismo.  No cesa de preguntarse por el porqué de su existir.

En consecuencia, ¿nos veremos eterna e irrevocablemente extraviados a causa de lo que la Iglesia ha denominado a través de su historia el pecado original?   Sin detenernos en la conveniencia o no del término pecado original, lo que pretendo resaltar, tras el examen de la narración bíblica de los orígenes, es que no existe el pecado original como una cualidad positiva que un hombre herede por el simple hecho de venir a la existencia, aspecto deplorablemente subrayado en la moral casuística.

Más que la presencia de una realidad negativa y defectuosa, pecado original es la ausencia de una cualidad denominada pertenencia a una comunidad de salvación, a la cual no accedo por el simple hecho de nacer, sino a través de la fe en Jesucristo y de la celebración sacramental de su presencia en medio de ella[12].

En efecto, la experiencia del pecado y de la gracia en la Biblia, se plantean en términos de pertenencia a un pueblo de salvación.  Pecar es marginarse de la comunidad, para encerrarse en el egoísmo.  Gracia es el éxodo de los límites personales para pasar al ámbito comunitario.   Agraciado quien vuelve a familiarizarse con la tierra, renunciando a su dominio y acogiéndola como hermana.  Agraciado quien se refamiliariza con el otro, asumiéndolo como prójimo.   Agraciado quien trasciende sus divisiones interiores para renacer como hombre íntegro.

En conclusión, el drama pecaminoso de la existencia humana en el cual el hombre se experimenta carente de familiaridad con su universo, se resuelve por medio de la aceptación de Jesucristo en la propia vida;  sólo él tiene el poder salvador de refamiliarizar al hombre con la tierra, con el prójimo y consigo mismo y a través de este regreso al hogar original, todo hijo pródigo experimentará la sanación del abrazo paterno.



[2] Gn 1, 1-4  Biblia de Latinoamérica

[3] M. Metzger, Breve storia di Israele, Queriniana 1990, Brescia.

[4] Gn 1,18

[5] Gn 1,27

[6] Gn 2,23

[7] Gn 3,7

[8] Gn 3, 17-18

[9] R. Guardini Der Anfang aller dinge c.107 Munich 1990

[10] Gn 3,15

[11] Rm 7, 17-19

[12] SCHONBORN-GORRES-SPAEMANN, Zur kirchlichen Erbsundenlehre, Friburgo 1991

 

AUTOR: P. Omar Enrique Cristancho G., OCD

 

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