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perfumePara S. Juan de la Cruz, el Espíritu es el ‘divino ámbar’ que ‘perfumea’ en las flores y rosales y así se derrama y comunica “suavísimamente en las potencias y virtudes del alma, dando al alma perfume de divina suavidad”. Lo esencial es inodoro a las narices...

 


 

S. Agustín tenía cinco sentidos. Lo sabemos porque los ejercitaba. Refiriéndose a la Hermosura ‘siempre antigua y siempre nueva’, dice: “exhalaste tu perfume y lo aspiré, y desde entonces te anhelo”.

Este hombre, Agustín, tenía olfato para oler lo inodoro, lo que no huele a nada, Dios, la Hermosura siempre antigua y siempre nueva. De aspirar su perfume le quedó un desasosiego tan perturbador que ningún otro perfume le volvió a gustar.

Perfume viene del latín. ‘Per’, por, y ‘fumare’, echar humo. Perfumar es percibir a través del humo. Hace referencia al aroma que desprende un humo fragante al ser quemado para sahumar, para dar buen olor.

El olfato es un sentido para cultivar. El perro tiene mucho que enseñarnos. “Busqué por todo el día / como un perro sin amo”, dice Juan Ramón Jiménez.

Hay personas que tienen olfato maravilloso. Mirando y oyendo huelen, su instinto olfativo es de destreza admirable para identificar y orientar personas y cosas.

De Alejandro Magno sabemos que era muy aseado, capaz de perfumar cualquier habitación con el solo aroma de su cuerpo. Y cuando murió S. Teresa, el ambiente quedó impregnado de un perfume seductor.

Los aromas de la naturaleza, las flores, los árboles y el viento han acompañado siempre al hombre. La Biblia habla con profusión del uso de aromas y perfumes. El Cantar de los Cantares es una oda a la perfumería.

Una mujer trajinada por la vida unge los pies de Jesús con el perfume de un frasco de alabastro. El simbolismo es conmovedor. Aquel hombre divino es el perfume de su olfato. Perfume de todos los perfumes, su cuerpo es la armonía perfecta de la tierra y el cielo.

Jesús resucitó a Lázaro cambiando el mal olor del pesimismo por el buen olor del entusiasmo. La resurrección, perfume de perfumes, es propiamente la amistad.

Para S. Juan de la Cruz, el Espíritu es el ‘divino ámbar’ que ‘perfumea’ en las flores y rosales y así se derrama y comunica “suavísimamente en las potencias y virtudes del alma, dando al alma perfume de divina suavidad”.

Lo esencial es inodoro a las narices, sólo huelo bien con el corazón. Cultivo mi olfato para oler a Cristo en el ser humano, y también en la piedra, el árbol, el pájaro y el viento, pues todos “somos para Dios el buen olor de Cristo” (2 Cor 2,15), el perfume embriagador que el ser humano anhela.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal OCD

TOMADO DE: El Colombiano, 10 de agosto de 2012

 

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