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DiosDios es un vengativo. Con amor divino castiga el desamor del hombre, como lo atestigua Teresa (Vida 7, 19). "A la verdad, Rey mío, tomabais por medio el más delicado y penoso castigo que para mí podía ser, como quien bien entendía lo que me había de ser más penoso...

 


 

Hablar de Dios es muy fácil. Y muy difícil. Depende de la cercanía o lejanía de Él. La lejanía del desamor hace borrosa su figura, como naufragar en un mar de confusión.

Prodigio increíble el de fantasear a Dios. La fantasía se ensombrece de su indolencia en disfrutarlo, suplantándolo por otro que su torpeza inventa, renunciando a volar por el espacio infinito de la divinidad.

La cercanía de Dios me hace uno con él. "Amada en el Amado transformada", dice el verso místico. Por contar con Dios, mi vida se llena de sentido como en una tierra extraña de luz, en familiaridad con todos los seres de la creación. Nada más placentero que sentirse amado, y la delicia si quien me ama es Dios.

Es esta la atmósfera del místico, como S. Teresa, la mujer para quien Dios es el aire que respira. Acontece con naturalidad en cada célula de su ser. Quien lee sus libros, queda aprisionado en el embrujo de las palabras. "Aun entre los pucheros anda el Señor".

La sensibilidad de lo divino resulta abismática en esta mujer. Las fotografías verbales de su pluma dejan arrobado al lector. "Aquí me parece viene bien [?] dejarse del todo en los brazos de Dios. Si quiere llevarla al cielo, vaya; si al infierno, no tiene pena, como vaya con su Bien". Cuanto más leo, más embelesado estoy. "Si acabar la vida, eso quiere; si que viva mil años, también. Haga Su majestad como de cosa propia; ya no es suya el alma de sí misma; dada está del todo al Señor; descuídese del todo" (Vida 17, 2).

Al místico lo asiste la connaturalidad de lo divino, que da a las palabras un significado de portentosa novedad. Con ellas hace del hombre y de Dios una radiografía asombrosa, magia del lenguaje que enloquece al lector.

Dios es un vengativo. Con amor divino castiga el desamor del hombre, como lo atestigua Teresa (Vida 7, 19). "A la verdad, Rey mío, tomabais por medio el más delicado y penoso castigo que para mí podía ser, como quien bien entendía lo que me había de ser más penoso. Con regalos grandes castigabais mis delitos".

Vengarse es tomar satisfacción por un agravio. Aplicado a Dios, el lenguaje cambia de significado.

Dios se venga con regalos, y los regalos divinos son para endiosar. Lección que la justicia humana tiene por aprender.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal OCD

TOMADO DE: El Colombiano, 27 de abril de 2012

 

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