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La TransfiguracionSor Isabel veía así la transfiguración. “¡Oh mis Tres, mi Todo [...] Inmensidad en la que me pierdo! Me entrego a ti como víctima. Sumérgete en mí para que yo me sumerja en ti hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas”. Mi vida cotidiana es transfiguración...

 


 

Transfiguración es acontecimiento que interesa a todo hombre, aun a los que desconocen la palabra o su significado. Transfigurar es cambiar de figura. Por ser dinámico, el ser humano vive cambiando de figura, transfigurándose. Tiene en sus manos el modo de transfiguración.

El evangelio presenta así la transfiguración de Jesús: “Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos de una blancura deslumbrante” (Lc 9, 29), fruto de la relación de inmediatez de amor con su Padre, como “una nube que los cubre con su sombra”.

Figura es forma, modo, estilo, contorno. El evangelio está lleno de relatos plásticos, una realidad concreta que remite a otra inconcreta, como la transfiguración de Jesús.

El relato plástico le pone forma o figura a una realidad inespacial e intemporal, que es todo lo que se refiere a Dios, como la nube o la voz que sale de la nube en relación con Jesús. El lector versátil y sutil sabe encontrar en el texto la elocuencia soberana de lo inefable.

El relato plástico se refiere a acontecimientos que producen fascinación, en que al miedo inicial por sobrecogimiento sucede la alegría serena, como les aconteció a Pedro, Santiago y Juan, que por acompañar a Jesús participaron de su transfiguración. “Yo y el Padre somos uno”. Lo humano se vuelve figura de lo divino.

Dime qué sientes y te diré quién eres. Me cultivo con esmero infinito porque sé que me transfiguro en lo que siento durante todo el día. Mis sentidos irradian lo que mi alma cultiva. No quiero tristeza, amargura y desconfianza porque me destruyen, y sí alegría, confianza y fortaleza que expresan la bondad del corazón.

“El amor nunca llega a estar perfecto hasta que emparejan tan en uno los amantes, que se transfiguran el uno en el otro, y entonces está el amor todo sano”, dice S. Juan de la Cruz, y añade que en “la figura del Verbo desea el alma transfigurarse por amor”.

Sor Isabel veía así la transfiguración. “¡Oh mis Tres, mi Todo [...] Inmensidad en la que me pierdo! Me entrego a ti como víctima. Sumérgete en mí para que yo me sumerja en ti hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas”.

Mi vida cotidiana es permanente transfiguración. Vivo transfigurándome por aprender de Jesús a cultivar mi relación de inmediatez de amor con el Padre. Y así mi figura humana vive participando de la condición divina .

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 26 de febrero de 2016

 

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