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parabolas de jesusJesús se pasa las horas puliendo la mirada. Escenifica por igual las cosas que se pierden. Una oveja, una moneda, un hijo. No se detiene en lo perdido. Su interés va a la alegría del encuentro. Del pastor con la oveja, de la mujer con la moneda, del papá con el hijo...

 


 

Da delicia leer el evangelio por la fascinante imaginación creadora de Jesús, es digna de toda admiración por la facilidad con que lleva del miedo a la alegría, el sentido de la fascinación.

Hacer fotografías verbales de la realidad es el arte espontáneo de su fantasía. Sus palabras son prodigiosas máquinas fotográficas de la vida real de incomparable precisión. Son eso las parábolas.

Jesús se pasa las horas puliendo la mirada. Escenifica por igual las cosas que se pierden. Una oveja, una moneda, un hijo. No se detiene en lo perdido. Su interés va a la alegría del encuentro. Del pastor con la oveja, de la mujer con la moneda, del papá con el hijo. Sublime relación de amor, intensamente arrobadora.

Del corazón salta por todas partes la alegría sin sombra de encontrar lo perdido. Entra, sale, sube, baja, viene, va en continua intensidad, con un entusiasmo tan delirante y contagioso como si asistiera al comienzo de la creación.

El pastor salta de felicidad por hallar la oveja. La toma, la carga, la acaricia, la besa, y al llegar a casa invita a los amigos y vecinos: felicítenme por mi hallazgo. Y añade frenético: “Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos sin necesidad de conversión”.

La mujer invita a las amigas y vecinas a que se unan a su alegría desbordante por la moneda encontrada. Felicidad que es anticipo del paraíso. “Los ángeles de Dios saltan de alegría por un solo pecador que se convierte”.

El padre, frenético por el hijo encontrado, pide que le pongan el mejor vestido, un anillo y unas sandalias, y “celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15, 4-24).

Trasmuta cercanía en lejanía quien pierde una oveja, una moneda, un hijo. Y encontrarlos es intensificar la relación de amor con ellos, amarlos, hacer con ellos unidad. En el mundo del amor, hasta el mayor despropósito es vencido.

Amor es unidad de dos. Hago unidad cuando soy comprensivo, acogedor, solícito, servicial, generoso, solidario. El pastor con la oveja, la mujer con la moneda, el padre con el hijo. Parábolas de la misericordia, parábolas del amor.

Oveja, moneda, hijo perdidos soy yo. Me urge amarme para saber quién soy, de dónde vengo, qué camino recorro y a dónde me encamino.

Parábolas de Jesús. Obras maestras de la literatura, la mística, la espiritualidad.

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 29 de enero de 2016

 

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