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Sensibilidad es un tesoroQué no diera yo por aprender a cultivar mi sensibilidad, por estarla orientando en la dirección de tanto acontecimiento maravilloso que inunda la existencia. Dostoyevski me conmueve al referirse a sus cinco años de prisión inhumana en Siberia: “Aun allí es posible vivir...

 


 

La sensibilidad de Jesús es de un refinamiento asombroso. Percibe hasta los matices más sutiles del corazón. Quien se acerca a él, se llena de felicidad al ver la desnudez en que lo deja su mirada. Leproso, paralítico, hemorroísa, adúltera, codicioso, legista.

El cultivo que hace de su relación de inmediatez de amor con el Padre lo hace dueño de todo lo que pasa, como lo indican las parábolas, obra maestra de la literatura y la espiritualidad. De esta sensibilidad cultivada proviene su señorío sobre lo humano y lo divino. La lección que el lector del evangelio tiene por aprender.

Sensibilidad viene de sentir, que es reaccionar ante un estímulo. Los sentidos del cuerpo y las potencias del alma se distinguen por su sensibilidad, su capacidad de reaccionar ante todo estímulo que llega.

Gracias a su sensibilidad, el hombre es un ser de sentimientos. Su gran tarea consiste en aprender a gobernarlos, cuyo secreto es el amor, entendido como unidad de dos. Domino mis sentimientos por vivir haciendo unidad conmigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios.

Juan Ramón Jiménez tiene versos de finísima sensibilidad. “Todas las rosas blancas que rueden a tus pies / quisiera que mi alma las hubiese brotado. / Quisiera ser un sueño, quisiera ser un lirio, / para mirar de frente tus grandes ojos claros”.

La gran tarea del hombre del siglo XXI es su sensibilidad. Cómo llevarla hasta el supremo vértice del amor por cultivarla con esmero, lejos de los resentimientos que empequeñecen y aun matan el corazón. Un buen recuerdo colma toda una vida de felicidad.

Me encuentro con frecuencia gente desgraciada o poco feliz por ignorar o maltratar el mundo de sus sentimientos. Una violación, una injusticia, una calumnia se vuelven peso irremediable, que contamina para siempre el corazón. Somos un pueblo de resentidos.

Qué no diera yo por aprender a cultivar mi sensibilidad, por estarla orientando en la dirección de tanto acontecimiento maravilloso que inunda la existencia. Dostoyevski me conmueve al referirse a sus cinco años de prisión inhumana en Siberia: “Aun allí es posible vivir una vida ideal”. Mientras redacta Los Endemoniados, escribe a un amigo: “Estoy fascinado por las ideas que se han acumulado en mi espíritu y en mi corazón”.

Me intereso en cultivar con esmero sentimientos de amor que engrandecen mi autoestima y me inclinan a construir comunidad, a vivir la fraternidad universal, y sobre todo que me unen para siempre con mi Creador .

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 01 de abril de 2016

 

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