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El arte de tumbarNo es raro creer que a Dios también lo podemos tumbar. Lo que hacemos entre nosotros, también lo podemos hacer con Él. Nos ayuda la experiencia. Y así tumbar, que en el campo humano es censurable, en Dios se convierte en cualidad, por cierto, muy laudable. Tumbar a Dios...

 


 

En el lenguaje cotidiano, tumbar es engañar o sacar ventaja en un negocio. Es frecuente encontrar negociantes que se jactan de tumbar, de haber tumbado. Lo consideran timbre de honor, saber hacer las cosas. Pero quien se siente tumbado, se resiente adquiriendo mala impresión de quien lo tumbó.

No es raro creer que a Dios también lo podemos tumbar. Lo que hacemos entre nosotros, también lo podemos hacer con Él. Nos ayuda la experiencia. Y así tumbar, que en el campo humano es censurable, en Dios se convierte en cualidad, por cierto, muy laudable.
Tumbar a Dios es conseguir de él lo que me propongo. Lo que en el campo humano es avispamiento, habilidad para sacarle ventaja al otro, es el arte de conseguir de Dios lo que quiero.

Como le pasó a Jesús con la pecadora de Lucas, que besaba sus pies y los ungía con perfume (7,37-38). Aquella mujer tan hábil en seducir, supo admirablemente seducir a Dios. “Mujer, tus pecados quedan perdonados”, es decir, estás divinizada. La tumbada es total. “¿Quién es este, que hasta perdona los pecados?”.

A Dios le encanta que lo tumbemos. Lucas habla de un administrador, que, cuando se vio sorprendido en la infidelidad, procedió con tal habilidad, que su señor lo “alabó por haber obrado con astucia, pues los hijos de este mundo son más astutos [...] que los hijos de la luz” (Lc 16, 8).

Para san Juan de la Cruz, tumbar a Dios es la dicha, la mayor dicha. “En la interior bodega / de mi Amado bebí”. ¿Qué bebió? Divinidad, lo único que había. Para beber. Y “así como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios en toda el alma, o, por mejor decir, el alma se transforma en Dios”.

Mateo presenta un cuadro delicioso sobre el arte de tumbar a Jesús. A una mujer que pide, inconsolable, compasión para su hija endemoniada, Jesús le responde desdeñoso: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. Tumbadora habilísima, ella le responde: “También los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (7, 28). Jesús cayó a sus pies.

Más que dejarse tumbar, a Dios le encanta que lo tumbemos, que nos apoderemos de su divinidad, en lo único que lo podemos tumbar, porque es lo único que posee.

¡Arte prodigioso el de tumbar a Dios! ¡El anhelo de mi vida!

 

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 17 de junio de 2016

 

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